Más allá de una receta, un pastel puede guardar recuerdos, fortalecer lazos y contar historias de diferentes generaciones. En *Pasteles, historias y recuerdos afectivos*, el psicólogo, gastrónomo y escritor Gilson Pinheiro propone una reflexión sobre la relación entre la comida, las emociones y la identidad, mostrando cómo los sabores y aromas pueden despertar recuerdos y acercar a las personas. Combinando recetas, relatos y reflexiones sobre el papel de la comida en la construcción del afecto, el libro invita al lector a redescubrir la comida como una expresión de cariño y pertenencia. En una entrevista, el autor analiza la influencia de la gastronomía en la salud emocional, la importancia de preservar las tradiciones familiares y el desafío de recuperar el placer de comer en un mundo cada vez más condicionado por las dietas, las cifras y los estándares estéticos.

«Pasteles, historias y recuerdos entrañables» comienza con un alimento presente tanto en grandes celebraciones como en los momentos más sencillos de la vida. ¿En qué momento te diste cuenta de que el pastel podría ser el hilo conductor de un libro sobre el afecto?

Todo comenzó cuando me di cuenta de la importancia del pastel en momentos importantes de mi vida, para mis amigos, para mis pacientes durante las celebraciones y también en el día a día. Va más allá de la receta y es un importante elemento de unión entre las personas. Hacer un pastel es un acto de amor, es un abrazo en forma de sabor, es precisamente lo que une a la gente y brinda consuelo.

Se convirtió en mi guía cuando comprendí que es mucho más que mezclar harina, huevos y mantequilla; es la forma universal de amar, ser amado y dar la bienvenida a alguien. Servir un pastel también evoca historias, despierta recuerdos, propicia una charla informal y tiene el poder de unir a las personas alrededor de la mesa.

El libro propone analizar la comida más allá de las calorías, la estética o la función nutricional. Como psicólogo y gastrónomo, ¿por qué era importante recuperar esta dimensión emocional de la alimentación?

Es crucial recuperar la dimensión socioemocional de la comida en un mundo de relaciones frágiles donde vivimos con prisas y siempre llegamos tarde a todo. Comprender el valor afectivo de la relación emoción/alimentación ayuda a establecer hábitos alimentarios más saludables, conscientes y equilibrados. A menudo, comer es una respuesta a la ansiedad, el estrés o la tristeza. Al destacar la dimensión emocional, propongo que no se vea como una válvula de escape para los dolores cotidianos ni como una forma de compensar ausencias. No hay necesidad de temer a la comida, pero es necesario ir más allá del aspecto puramente fisiológico.

El libro juega con recuerdos como el olor a masa horneándose, la mesa de la abuela y las reuniones familiares. ¿Qué recuerdos personales ayudaron a inspirar esta atmósfera emotiva en la obra?

Tengo recuerdos vívidos y entrañables. No puedo olvidar el delicioso aroma del pan de maíz con anís horneándose. Recordar este momento me trae de vuelta lugares (mi hogar de la infancia), sensaciones (olores, sabores, música), cariño y personas, y es increíblemente placentero. Recuerdo la alegría de mi madre cuando todos a su alrededor intentaban «ayudar», y ella los recibía y guiaba con paciencia. Oler ese aroma y comer el pastel despierta en mí una maravillosa sensación de nostalgia. Puede parecer un momento sencillo, pero siempre estuvo lleno de cariño, alegría y amor.

Doña Dora se presenta como un personaje que podría ser una abuela, una madre o una figura cariñosa en la vida de cualquier lector. ¿Cómo surgió este personaje y qué representa en el libro?

Todo comenzó cuando vi a mi madre en la cocina, y entonces comprendí la universalidad de las «Doña Doras». Son el corazón de la historia, el refugio seguro que permite descubrir el mundo. Aparecen en cada capítulo, brindando al lector una voz reconfortante y una mirada dulce. Leer cada página evoca una sensación de complicidad, haciendo que el lector también participe del viaje emocional de cada capítulo y vislumbre a sus propias abuelas, madres… las Doñas Doras.

Las recetas tienen nombres simbólicos, como «Pastel de la Felicidad», «Madre es la que espera» y «Pastel de la Paciencia y la Elegancia». ¿Cómo era transformar emociones y sensaciones en sabores?

Ofrecer nombres simbólicos permite que cada pastel se convierta en una experiencia única. Los aromas, los sabores, la reconfortante sensación de escribir cada capítulo me vinieron a la mente. Cada pastel es una amalgama de sentimientos y recuerdos. Cada rebanada me permite recordar logros, alegrías, risas, momentos desde la preparación hasta que el pastel está en la mesa (e incluso entonces, hay que esperar a que se enfríe), servido con una charla amena, una mirada acogedora, un café delicioso y personas inolvidables a mi lado. Estoy convencida de que en el ajetreo de la vida diaria, el pastel nos permite detenernos, sonreír, porque el sabor toca el corazón.

Sugieres leer textos reflexivos mientras se hornea el pastel. ¿Qué tiene este tiempo de espera que combina tan bien con la memoria, el silencio y la contemplación?

Todo comienza con un deseo, un momento y un lugar, donde la espera permite sobrellevar la ansiedad y la frustración. La espera refuerza el sentimiento de pertenencia, de estar juntos, y ofrece un significado especial; en ella, nos damos cuenta de lo especiales que somos y compartimos afectos. La espera es el contrapunto a la inmediatez, a centrarse únicamente en los resultados. Es un momento de introspección activa. Es la transformación del vacío en un contexto vital donde uno se pregunta por el futuro (cómo será), anhelando siempre su sabor. La espera ofrece presencia. Es una espera con propósito.

En un mundo cada vez más marcado por la culpa relacionada con la comida y la preocupación excesiva por las calorías, ¿qué tipo de relación más sana y humana esperas fomentar entre las personas y los alimentos?

Propongo que comamos con placer, no por culpa ni vergüenza. Comer nos proporciona las calorías necesarias para nuestras actividades diarias; es una fuente de energía y también satisface necesidades emocionales. Sugiero que seamos más compasivos y comamos con atención plena. Muchos comen sin darse cuenta de las señales de hambre y saciedad, sin percibir el sabor de la comida. Me gustaría que la gente «conociera» su plato (percibiendo el aroma, la textura y el sabor) y redujera sus exigencias (autoimpuestas), aprendiera a gestionar sus emociones sin privarse, comer en exceso ni compensar con comida, y adquiriera habilidades para afrontar las exigencias de la vida diaria.

En definitiva, el libro parece invitar a cada lector a añadir su propia historia a este «tapiz de sabores y recuerdos». ¿Qué recuerdo o sentimiento te gustaría que alguien redescubriera al preparar una de estas recetas?

Me gustaría que comprendieran que los pasteles son portales a recuerdos importantes de nuestras vidas, que cada rebanada se ofrece en la seguridad de un abrazo y miradas acogedoras. Ayer, un lector me escribió y me contó que lloró al leer el libro, recordando el pastel de turrón de cacahuete que solía preparar su madre. Recordó el olor, la casa, la familia. Se transportó a un momento inolvidable de consuelo. Me gustaría que todos se transportaran a ese momento de calidez y salieran del «piloto automático».

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