¿Cómo influyen las plataformas digitales en quién es visto, escuchado o silenciado en internet? En «Violencia algorítmica y vidas LGBTQIAPN+: Ensayos sobre tecnología, poder y resistencia en la era digital», las investigadoras Bruna Irineu y Larissa Pelúcio analizan cómo los algoritmos, la inteligencia artificial y la economía de datos reproducen desigualdades e impactan las vidas de las personas LGBTQIAPN+. Mediante un análisis crítico, ejemplos prácticos y propuestas de resistencia, la obra invita al público a comprender el entorno digital como un espacio de disputas políticas y sociales. En una entrevista, las autoras abordan los mecanismos de la violencia algorítmica, los desafíos para construir tecnologías más justas y la importancia de la participación de la sociedad en la defensa de los derechos y la democracia en la era digital.
“Violencia algorítmica y vidas LGBTQIAPN+” parte de una afirmación contundente: la tecnología no es neutral. ¿En qué momento se dio cuenta de la urgencia de llevar este debate a un público más amplio?
Comprendimos esta urgencia cuando quedó claro que las plataformas digitales ya no eran solo medios de comunicación, sino infraestructuras centrales de la vida social. Hoy en día, organizan formas de aparecer, trabajar, desear, consumir, denunciar, formar redes y también experimentar la violencia. Para las personas LGBTQIAPN+, esto es especialmente delicado, porque la visibilidad puede ser tanto una condición de existencia política como un factor de exposición.
La idea de que la tecnología no es neutral aún se limita en gran medida a ciertos debates académicos, técnicos o activistas. Sin embargo, sus efectos son experimentados a diario por aquellos cuyas publicaciones son eliminadas sin explicación, cuyos perfiles son desmonetizados, cuyas quejas son ignoradas, cuyos cuerpos son considerados «inapropiados» o cuyas identidades se transforman en nichos de mercado. Este libro surge de esta inquietud: era necesario traducir este debate sin simplificarlo, demostrando que los algoritmos son creados por personas, empresas, intereses económicos, normas morales y disputas políticas.
El libro demuestra que los algoritmos y las plataformas digitales pueden clasificar, silenciar e invisibilizar cuerpos, discursos y afectos. ¿Cómo podemos explicar, de forma accesible, que esta violencia a menudo se produce sin ser visible?
A menudo no se manifiesta como violencia porque no necesariamente va acompañada de insultos, amenazas directas o agresiones explícitas. Puede aparecer como un «error del sistema», una «pérdida de alcance», una «violación de las normas de la comunidad», «contenido sensible», una «recomendación automatizada» o simplemente como silencio. Una publicación deja de circular, una queja queda sin respuesta, el contenido educativo sobre sexualidad se confunde con pornografía, mientras que el discurso de odio sigue encontrando maneras de viralizarse.
Por eso hablamos de violencia algorítmica. Es una violencia distribuida, opaca y, a menudo, normalizada. No depende únicamente de la intención del agresor; opera mediante sistemas de clasificación, moderación, ordenación y recomendación que definen qué personas se consideran seguras, comercializables, aceptables o peligrosas. Para quienes la sufren, el efecto es muy concreto: pérdida de voz pública, restricción de redes de apoyo, exposición a ataques, enfermedades y la sensación de que la plataforma es un espacio siempre inestable.
Ustedes consideran internet no solo un espacio de comunicación, sino también un escenario político. ¿Qué está en juego hoy cuando hablamos de la existencia, la visibilidad y los derechos de las personas LGBTQIAPN+ en el entorno digital?
La cuestión en juego es quién puede aparecer, bajo qué condiciones, con qué riesgo y con qué posibilidades de reconocimiento. Internet se ha convertido en un escenario político porque es donde se forman repertorios de pertenencia, se llevan a cabo campañas de odio, se desarrollan pedagogías públicas, se cuestiona la memoria, se crean redes de apoyo, se establecen mercados de diversidad y también surgen formas sofisticadas de vigilancia.
Para las personas LGBTQIAPN+, existir en el mundo digital no se trata solo de «tener un perfil» o «producir contenido». Se trata de cuestionar el propio nombre, imagen, narrativa, afecto y el derecho a la complejidad. El problema es que esta lucha se desarrolla en entornos controlados por grandes plataformas privadas, impulsadas por el lucro, la interacción y la extracción de datos. Así, la visibilidad puede celebrarse cuando es aceptable, comercializable o compatible con ciertas expectativas del consumidor, pero se castiga cuando se vuelve disidente, incómoda, erótica, radical o políticamente confrontativa.
Este trabajo explora cómo los datos sesgados pueden reproducir y agravar las desigualdades históricas. ¿Qué peligros surgen cuando sistemas aparentemente «técnicos» comienzan a decidir quién aparece, quién circula y quién es silenciado?
El principal peligro reside en la despolitización de la desigualdad. Cuando una decisión se presenta como técnica, tiende a parecer neutral, objetiva e inevitable. Sin embargo, los sistemas automatizados aprenden de datos generados en sociedades racistas, cisheteronormativas, misóginas, capacitistas y profundamente desiguales. Si estos datos contienen sesgos, los sistemas pueden reproducir estos patrones con aparente eficiencia.
Esto se agrava aún más porque las decisiones algorítmicas operan a gran escala. Un sesgo que antes se manifestaba en una institución específica comienza a propagarse por motores de búsqueda, publicidad, reconocimiento facial, moderación de contenido, vigilancia policial, crédito, salud, educación y empleo. Cuando estos mecanismos deciden quién aparece, quién es recomendado, quién es sospechoso, quién es monetizado o quién es silenciado, contribuyen a controlar la vida social. En el caso de las personas LGBTQIAPN+, esto puede significar tanto la invisibilidad de las existencias disidentes como su hiperexposición a la vigilancia, el consumo y los ataques.

Si bien el libro denuncia la violencia algorítmica, rechaza una visión paralizante y presenta prácticas de resistencia. ¿Por qué era importante mostrar que también existen lagunas tecnológicas, reapropiaciones e insurgencias?
Porque no queríamos escribir un libro que tratara únicamente sobre captura, control y daño. Estos elementos son reales y deben ser nombrados, pero las vidas LGBTQIAPN+ no son solo objetos de violencia tecnológica. También producen lenguajes, desobedecen los usos previstos, crean redes de protección, inventan pedagogías, manipulan formatos y transforman plataformas en espacios de disputa.
Revelar las lagunas es fundamental para evitar una interpretación fatalista de la tecnología. Las plataformas son poderosas, pero no son sistemas cerrados. Existen usos alternativos, alianzas, denuncias, campañas colectivas, prácticas de alfabetización digital, producción de memoria y creación de infraestructuras alternativas. La resistencia no elimina la asimetría de poder, pero demuestra que existe una lucha. Y donde hay lucha, existe la posibilidad de la imaginación política.
Iniciativas como TecnoCuir se presentan como ejemplos de la acción hacker transfeminista y la construcción de alternativas emancipadoras. ¿Qué nos enseñan estos movimientos sobre cómo imaginar las tecnologías desde la perspectiva de otros cuerpos, conocimientos y afectos?
TecnoCuir nos enseña que la tecnología no debe concebirse únicamente desde la perspectiva de Silicon Valley, la innovación corporativa o la promesa de eficiencia. Puede considerarse desde la perspectiva de entidades históricamente marcadas como inadecuadas, excesivas, desviadas o desechables. Esto transforma por completo la pregunta. En lugar de simplemente preguntarnos «¿qué puede hacer la tecnología?», comenzamos a preguntarnos «¿a quién sirve?», «¿a quién protege?», «¿qué mundos ayuda a sostener?» y «¿qué vidas posibilita?».
El hackeo transfeminista no es solo una técnica. Es una ética y una política. Combina crítica, invención, cuidado, improvisación, colaboración y resistencia. Enseña que la emancipación tecnológica no solo implica el acceso a dispositivos, sino también la capacidad de comprender, cuestionar, modificar y desafiar las infraestructuras que organizan la vida. Cuando los saberes queer, trans, feministas, negros, indígenas y marginados se suman a este diálogo, desplazan a la tecnología de su posición de neutralidad y la reubican en el ámbito de la justicia.
El libro también incluye un glosario de conceptos como capitalismo de vigilancia, colonialismo de datos, justicia algorítmica y soberanía digital. ¿Cómo puede el lenguaje ser una herramienta para democratizar este debate?
El lenguaje es fundamental porque aquello que no podemos nombrar tiende a parecer natural. Muchas personas experimentan los efectos de la violencia algorítmica, pero carecen de las palabras para reconocerla como un problema político. El glosario se concibió precisamente como un puente: una forma de hacer más accesibles conceptos complejos sin menoscabar su fuerza crítica.
Democratizar el lenguaje no consiste en simplificarlo de forma empobrecedora, sino en crear las condiciones para que más personas participen en el diálogo. Términos como capitalismo de vigilancia, colonialismo de datos, justicia algorítmica y soberanía digital nos ayudan a comprender que no hablamos solo de «internet», «aplicaciones» o «redes sociales», sino de modelos económicos, regímenes de poder, formas de extracción y luchas por la autonomía. Nombrar es un ejercicio de desnaturalización, y la desnaturalización es el primer paso para la confrontación.
Una vez que el lector haya revisado los ensayos, los casos prácticos y los conceptos presentados en la obra, ¿qué tipo de cambio le gustaría provocar en la forma en que utiliza, cuestiona e interactúa con las plataformas digitales?
Deseamos que esta lectura provoque un cambio de perspectiva. Esperamos que la gente empiece a ver estas plataformas no como entornos neutrales, inevitables o meramente recreativos, sino como territorios políticos transitados por intereses económicos, normas morales y luchas por el reconocimiento. Esto no implica abandonar las redes sociales, sino más bien habitarlas con una mayor conciencia crítica.
También esperamos que el libro fortalezca una actitud colectiva. La violencia algorítmica no puede combatirse únicamente con soluciones individuales, como configurar mejor la privacidad o ser más selectivos con el contenido que se publica. Estas acciones son importantes, pero insuficientes. Necesitamos regulación democrática, transparencia, rendición de cuentas por parte de las plataformas, generación de conocimiento crítico, soberanía digital y redes de apoyo.
En definitiva, esperamos que el lector comprenda que cuestionar la tecnología es cuestionar el futuro. Las plataformas ya participan en la organización de nuestras vidas, nuestros deseos, nuestras vulnerabilidades y nuestras formas de presencia pública. La cuestión, entonces, no es si queremos o no convivir con la tecnología, sino qué tecnologías queremos construir, bajo qué principios y para sustentar qué tipo de vidas.
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