¿Y si la mirada más profunda a la condición humana proviniera precisamente de alguien que nunca necesitó palabras para amar? En *El viejo y el perro*, el escritor Fernando Machado guía al lector a través de una conmovedora narración contada por Brown, un perro que interpreta el mundo a través de sus instintos, su lealtad y su búsqueda de pertenencia. Al transformar la perspectiva del animal en un poderoso instrumento para reflexionar sobre el abandono, el afecto, la pérdida y los nuevos comienzos, la obra invita al público a cuestionar la complejidad con la que los seres humanos lidiamos con nuestros propios sentimientos. En una entrevista, Fernando habla sobre la inspiración para construir esta singular voz narrativa, el simbolismo de la relación entre humanos y perros, y cómo la literatura puede revelar, en la sencillez de pequeños gestos, profundas verdades sobre la vida y las emociones.

«El viejo y el perro» nace de una sabiduría silenciosa, casi intuitiva, que emana de la mirada de un perro. ¿En qué momento te diste cuenta de que Brown no solo debía ser un personaje, sino también la voz narrativa de la obra?

Fue durante una de las revisiones de la narración cuando esto se hizo evidente. Comprendí que la experiencia de Brown no comenzó con la comprensión, sino que surgió de la percepción inmediata del cuerpo. Reconoció lo que lo rodeaba por lo que sentía: un cambio en el tono de voz, una mano que se apartaba, una rutina interrumpida, una presencia que no se repetía.

Un narrador externo podría describir al perro con sensibilidad, pero seguiría observándolo desde fuera. Brown necesitaba adoptar esa voz porque solo a través de ella el libro podía lograr esa sensación: menos explicada, más instintiva; menos racional, más emotiva. Con esta elección, la historia se acercó más a lo que sustenta la vida de un perro.

El libro invita al lector a adentrarse en un espacio más sensorial, instintivo y menos racionalizado. ¿Cuál fue el reto de escribir desde la perspectiva canina sin humanizar en exceso al personaje?

Más que un desafío, fue una transformación interior. Al principio, el autor buscaba la voz del perro. Luego, a medida que avanzaba la narración, esta relación comenzó a invertirse. La búsqueda fue tan larga y profunda que, poco a poco, el autor dejó de observar al perro desde fuera y empezó a percibir cada escena a través de sus ojos. La voz humana se desvaneció. En su lugar, surgió una conciencia más física e instintiva, guiada por el cuerpo y las señales inmediatas de vida a su alrededor. No se trataba de imitar a un perro, ni de transformarlo en una persona. Se trataba de permitir que la escritura dejara de lado la explicación humana y se adentrara en una forma de sentimiento más directa.

Una vez que esto tomó forma, la narración comenzó a guiarse por la propia percepción del perro. El autor seguía presente, dando forma literaria a la experiencia, pero ya no dirigía todo desde fuera. La emoción emanaba del animal; era el perro quien guiaba la mirada, la confianza, la pérdida y el afecto.

Brown experimenta hogares, abandono, violencia silenciosa e intentos frustrados de pertenencia. ¿Qué revela este viaje sobre cómo los humanos a menudo no logran percibir las necesidades emocionales de un animal?

El problema surge cuando los cuidados llegan al cuerpo pero no a la vida emocional. Los cuidados materiales son indispensables, pero no suficientes. El perro necesita compañía; sin ella, puede estar protegido por fuera pero indefenso por dentro. Lo que a menudo pasa desapercibido es que estas necesidades no se expresan con palabras; se manifiestan en la rutina, en la repetición de gestos y en cambios de comportamiento. Sin compartir la vida diaria, el humano solo ve lo que el perro hace; con atención, comienza a comprender lo que el perro siente.

Era necesario observar, anticipar situaciones y reconocer señales de alerta, inseguridad o miedo. El perro reacciona por instinto; el humano, por la razón. Son formas distintas de estar en el mundo, y una no puede alcanzar la otra sin atención, constancia y presencia. El error radica en esperar que el perro se adapte a nuestro estilo de vida simplemente con comida, protección y refugio.

La obra de arte parece sugerir que los perros experimentan el mundo directamente, sin buscar explicaciones para todo. ¿Qué crees que nos enseñan sobre la presencia, el afecto y la sencillez?

A veces, basta con ver a un perro tumbado sobre una alfombra a los pies de una persona que lee el periódico: su cuerpo inmóvil, su respiración tranquila, su mirada fija en esa figura familiar. Allí, la felicidad reside únicamente en la cercanía. Con esta sencilla serenidad, sin aspavientos ni explicaciones, el perro revela su presencia, su afecto y su sencillez.

No hacen falta promesas elaboradas. Reconoce la verdad del vínculo en la voz que llama, en la mano que acaricia, en la rutina que se repite. En el afecto reside quizás una de las mayores lecciones. El perro ama sin esperar nada a cambio. No espera grandeza; reconoce la constancia. Se acerca, acompaña, confía, espera. La vida no necesita ser grandiosa para ser profunda. Para un perro, lo esencial puede ser un paseo, una puerta que se abre, compañía al atardecer. Es esta ternura la que transmite en la narración.

Uno de los momentos más intensos del libro ocurre cuando Brown se enfrenta a la posibilidad de perder a la persona que finalmente lo comprendió. ¿Cómo fue escribir sobre esta desesperación absoluta desde la perspectiva de un ser que siente todo pero no puede expresarlo con palabras?

Para Brown, la posibilidad de perder su antiguo yo no se presenta de forma clara. Se manifiesta como desorden. La voz familiar se desvanece, el gesto se suspende, el caminar pierde su rumbo. No encuentra la manera de comprender el significado de la pérdida, de dar forma al miedo ni de entender qué se ha salido del orden conocido. Pero lo siente todo.

La escena se sustenta en estos signos: el miedo, la inquietud, el olor a sangre, la figura humana anciana fuera de su estado habitual. A su alrededor, todo parecía igual, pero para Brown, todo era diferente. Este contraste era quizás la esencia de la desesperación: la vida a su alrededor seguía su curso, mientras que la persona que importaba parecía desvanecerse.

Brown no explica la gravedad del momento: no transforma el miedo en pensamiento, ni el dolor en palabras. Todo en él reacciona antes de comprender. La desesperación reside en el cambio repentino, en la impotencia, en el impulso confuso de actuar y en la negativa instintiva a alejarse del pasado. Ahí se revela una forma de afecto muy pura: una que no discute, que no retrocede; simplemente permanece.

La narración hace hincapié en pequeños acontecimientos, gestos, silencios y cambios sutiles que rodean al protagonista. ¿Por qué los detalles cotidianos se han vuelto tan importantes para mantener la emoción de la historia?

Los detalles cotidianos cobraron importancia porque la historia del anciano y el perro no se basa en grandes acontecimientos, sino en las pequeñas repeticiones de su vida compartida. La casa junto al mar, los paseos por el camino, la playa al fondo, las conversaciones con los vecinos, los viajes cortos, las salidas y las vueltas: todo ello conforma una intimidad tejida poco a poco.

Lo más hermoso es que ambos comparten los mismos momentos, pero la experiencia los afecta de manera diferente. El anciano percibe a través de la memoria, el lenguaje, la razón y las huellas de la vida. El perro lo recibe todo a través de su cuerpo, su olfato, su oído, su confianza y su inquietud. La emoción surge precisamente de esta diferencia.

A través de experiencias compartidas, estas dos formas de sentir convergen. El anciano aprende a interpretar mejor las señales del perro; el perro reconoce cada vez más los gestos del anciano. Uno no se transforma en el otro, sino que ambos se ven modificados por el vínculo. Por lo tanto, los detalles cotidianos no son meramente un escenario; revelan anticipación, conexión y afecto.

«El viejo y el perro» también provoca cierta inquietud al mostrar hasta qué punto las personas se escudan en justificaciones cuando la vida simplemente exige presencia. ¿Qué reflexión te gustaría suscitar sobre la forma en que los seres humanos gestionan el afecto?

La reflexión puede surgir de una idea simple: el afecto es lo que da sentido a la vida de otra persona. No requiere estar juntos todo el tiempo, pero sí constancia, cariño y atención. Un perro lo siente de forma muy directa. Percibe la presencia que permanece y la que empieza a desvanecerse. Reconoce quién se queda, quién se va, quién se preocupa, quién se distancia. No se rige por el razonamiento humano, ni por las justificaciones que tan a menudo surgen para la distancia, la prisa o la ausencia.

Para un animal, el afecto no se confirma con palabras, sino con gestos repetidos: la voz que responde, la mano que se extiende, la rutina que no se rompe sin dejar huella. Lo que a veces parece un hábito para una persona puede ser, para un perro, una profunda muestra de confianza. Quizás esta sea la reflexión que evoca Brown: el afecto es más simple de lo que los humanos suelen imaginar. Requiere menos explicaciones y más gestos que confirmen al otro que no está solo.

Tras seguir el viaje de Brown, marcado por el sufrimiento, la conexión y la transformación, ¿qué tipo de valentía esperas que encuentre el lector para sentir más y explicar menos?

Espero que el lector encuentre el valor para dejarse conmover, sin buscar inmediatamente una explicación a lo que siente. A menudo, ante algo que nos emociona, el impulso es ordenar, justificar o racionalizar el sentimiento. Brown nos guía por un camino diferente: siente antes de comprender, permanece antes de explicar. El valor que me gustaría despertar es quizás este: reconocer la emoción como una forma legítima de conocimiento. No todo necesita ser traducido a palabras para ser verdad. Hay afectos que se revelan en el silencio, en la presencia, en el cuidado constante, en la fidelidad ante la fragilidad del otro. Tras conocer el viaje de Brown, quizás el lector pueda observar sus propias relaciones con menos actitud defensiva y más entrega. Sentir más no significa perder claridad. Significa comprender que ciertos significados solo se alcanzan cuando dejamos de justificar las distancias y aceptamos permanecer.

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