En *Cuando era vieja*, la escritora, guionista y periodista Fernanda Pompeu ofrece una mirada sincera y humorística al envejecimiento, alejada de las idealizaciones y los clichés que suelen asociarse a la vejez. A través del viaje de Olivia, una periodista jubilada que comienza a reflexionar sobre las transformaciones del tiempo, la obra aborda temas como la invisibilidad social, la memoria, la identidad y los cambios provocados por las nuevas dinámicas de comunicación. En una entrevista, Fernanda habla sobre los desafíos del envejecimiento en una sociedad obsesionada con la juventud, la libertad que se obtiene con la madurez y la importancia de construir narrativas más humanas y realistas sobre esta etapa de la vida.
“Cuando era vieja” comienza con una escena aparentemente sencilla, pero muy simbólica: una joven le ofrece a Olivia su asiento en el metro. ¿En qué momento te diste cuenta de que este gesto amable podía conllevar una especie de “veredicto” social sobre el envejecimiento?
El gesto amable me molestó porque aún no tenía 60 años. Me sentí ofendida. Después comprendí que la culpa era de mi cabello sin teñir. A las personas con canas se las percibe como ancianas. No existe un único criterio social para juzgar el envejecimiento; es una combinación de perspectivas y comportamientos.
Olivia decide escribir sobre el envejecimiento evitando abstracciones y centrándose en situaciones concretas, como el camarero que no la ve o las arrugas que aparecen sin previo aviso. ¿Por qué era importante abordar la vejez a través de estos pequeños detalles cotidianos?
Porque la vida se construye y se reconstruye con los golpes y placeres cotidianos. En el libro, quise hablar de aspectos tangibles de la vejez, basándome en la experiencia. No hay teoría de por medio.
La obra no presenta la vejez ni como una tragedia ni como una imagen idealizada de serenidad. ¿Cómo fue encontrar este equilibrio entre crudeza, humor, libertad y lucidez?
Utilicé mi propia experiencia con el envejecimiento para definir el tono de la narración. Comencé a escribir «Cuando era vieja» al cumplir 69 años. El día de su publicación, ya tenía 70. Siento que no hay ni tragedia ni romanticismo en mi «regreso a la vejez».
Usted acuñó el término «nuevo viejo» para referirse a una generación que creció en el mundo analógico, hizo la transición a la era digital y sigue intentando encontrar su lugar en esta época. ¿Qué características únicas —y quizás poco comprendidas— posee esta generación?
La transición del mundo analógico al digital es una experiencia única para mi generación. Me trajo sorpresa y también dolor. Cuando llegó internet, arrasando con todo, yo ya tenía 40 años. En otras palabras, viví gran parte de mi vida como escritora con papel, correo y máquinas de escribir. Trabajar con lo digital fue como un segundo nacimiento.

La protagonista es una periodista veterana, alguien que ha visto cómo cambiaban las redacciones, los métodos de reportaje y cómo las redes sociales ponían en tela de juicio la propia idea de autoridad profesional. ¿Hasta qué punto su trayectoria profesional refleja esta tensión entre la experiencia y la visibilidad instantánea?
Sí. En el caso de la protagonista, Olivia, trabajé con muchas cosas que he vivido en carne propia: el fin de las grandes redacciones, el declive de la prensa escrita. En un mundo donde cualquiera puede publicar noticias en las redes sociales, incluso sin verificar los hechos, la autoridad profesional de los periodistas se devalúa.
Se plantea una crítica perspicaz sobre cómo la sociedad, especialmente el entorno digital, parece valorar los rostros impecables y las historias sin arrugas. ¿Qué revela el envejecimiento acerca de los estándares de presencia, belleza y relevancia que aún mantenemos?
No existe un mundo sin envejecimiento. Todos tendrían que morir jóvenes para evitar arrugas, celulitis y olvidos. Nadie elige envejecer. Suele ocurrirles a quienes viven mucho tiempo. Le diría a una joven: «Mira, si todo va bien y sobrevives, llegarás a mi edad».
El libro también habla de la libertad de quienes ya no necesitan demostrar tanto su valía, de quienes han superado muchos «no» y han aprendido a elegir mejor sus batallas. ¿Qué tipo de poder existe en esta etapa de la vida que tan a menudo se malinterpreta?
Muchas de las fortalezas de las personas mayores no se aprovechan. Por ejemplo, su repertorio de problemas resueltos y sus testimonios de acontecimientos históricos que resuenan aún hoy. Pero también es cierto: ¡esta etapa de la vida es de gran libertad! Ya no necesitamos demostrarle nada a nadie. De hecho, nadie espera que demostremos nada.
La frase «todo es posible para quienes aún viven» encierra humor, provocación y resistencia. Después de acompañar a Olivia en este viaje, ¿qué idea sobre el envejecimiento te gustaría que desaprendiera?
Ojalá el lector prestara más atención al proceso de envejecimiento. No todas las personas mayores son iguales, no son objetos inanimados; conservan en su interior la juventud que alguna vez tuvieron. Eso es todo.

