En *La comunicación de la cultura popular*, el investigador Rodrigo Fonseca analiza el fandango caiçara como una manifestación viva, capaz de articular memoria, identidad y resistencia en medio de las transformaciones de la vida contemporánea. A partir de la investigación etnográfica y referencias de la antropología latinoamericana y los estudios de comunicación, el autor analiza cómo las tradiciones populares continúan circulando, adaptándose y reafirmando significados incluso bajo el impacto de la cultura de masas y la globalización. Más que un estudio académico, la obra propone una mirada sensible a las formas en que las comunidades preservan y reinventan sus propias expresiones.
Elegiste la Caiçara de Fandango como punto de partida para abordar un tema mucho más amplio: la comunicación de la cultura popular. ¿En qué momento te diste cuenta de que esta manifestación también podía interpretarse como un sistema vivo de producción de significado?
Durante casi tres décadas, como artista e investigadora, me he dedicado a apreciar y experimentar las manifestaciones culturales populares y tradicionales. Aun así, siempre me ha impulsado una inquietud constante: comprender los orígenes y significados de estas expresiones. ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué pretenden comunicar? Son preguntas complejas, difíciles de responder sin una investigación más profunda. Fue entonces cuando decidí emprender un trabajo de campo, con una mirada más atenta, buscando comprender la producción de estos significados dentro de las prácticas culturales.
Conocí el fandango caiçara al principio de mi carrera artística, en 1998, durante unos viajes a Ilha do Cardoso, en el municipio de Cananéia, São Paulo. Gracias a la admiración y la estrecha relación que se forjó con el tiempo, la decisión de dedicarme a esta expresión cultural surgió de forma natural.
Tu libro parece considerar la cultura popular no como una reliquia del pasado, sino como algo en constante movimiento, que resiste, se adapta y continúa dialogando con el presente. ¿Qué era lo que más te interesaba cuestionar en esta visión de la tradición como algo estático?
Quizás la cuestión central reside en la necesidad de distinguir los diferentes significados atribuidos al término «cultura popular». En el libro, profundizo bastante en este tema. Aquí, añado que, en mi opinión, la cultura popular es algo vivo, que se practica a diario en las periferias, en las zonas rurales y en los grandes centros urbanos. No es una imagen fija, sino un movimiento continuo, una especie de danza entre arte, política e identidad.
En este sentido, lo que más me interesó fue precisamente esta visión de la tradición como algo estático, congelado en el pasado. Por el contrario, entiendo la tradición como un proceso de transformación constante que se reinventa sin perder sus raíces.
En el caso del Fandango Caiçara, hablamos de una expresión cuyos orígenes se remontan a los siglos XVII y XVIII, o incluso antes, pero que se mantiene viva hasta nuestros días, practicándose en las comunidades de Caiçara. Esto, por sí solo, revela su fuerza y relevancia actuales.
La investigación surge de la escucha atenta de líderes regionales y de un enfoque etnográfico. ¿Cómo ha influido este contacto directo con los protagonistas de la cultura en la orientación o la sensibilidad de su trabajo?
Este es un punto clave para comprender el origen de los sentidos. Creía conocer el Fandango Caiçara, pero en realidad, solo percibía la superficie de esta expresión. Escuchar la música y observar el baile son solo una parte de este universo.
Para comprender una cultura, e incluso para tener una mínima capacidad de entender su comunicación, es necesario conocer su historia, su gente y, sobre todo, las relaciones que la sustentan. Fue a través de este contacto directo, de la escucha atenta a los líderes y de la convivencia con las comunidades, que mi percepción comenzó a transformarse.
La investigación etnográfica no solo amplió mi comprensión, sino que reorganizó por completo mi perspectiva, y todo empezó a tener más sentido.
Al trabajar con figuras como Jesús Martín-Barbero, Néstor García Canclini y Luiz Beltrão, logras acercar la teoría a la experiencia práctica. ¿Cómo conciliaste el rigor académico con la necesidad de mantener viva la dimensión humana del tema?
Buena pregunta. Surgió de forma natural. A medida que fui eligiendo teóricos como Jesús Martín-Barbero, Néstor García Canclini y Luiz Beltrão, y me adentré en las inquietudes que planteaban sobre el tema, empecé a darme cuenta de que muchas de estas cuestiones ya estaban presentes en los debates durante la propia investigación de campo.
De este modo, los propios entrevistados respondieron, de forma muy natural, a las preguntas planteadas en la investigación. Esto garantizó que el rigor académico no se distanciara de la experiencia, sino que la acompañara, manteniendo viva la dimensión humana del tema.

El concepto de comunicación popular nos ayuda a comprender que los grupos populares siempre han creado sus propios canales de expresión y difusión. ¿Qué revela esta perspectiva sobre el poder comunicativo de las comunidades, a menudo subestimado?
Sí, toda esta sabiduría y riqueza cultural siempre ha estado presente, pero a menudo se ha vuelto invisible. En cierto modo, escuchamos lo que queremos oír, o mejor dicho, aquello a lo que nos llevan a prestar atención, generalmente vinculado a lo hegemónico y a las tendencias masificadoras de una cultura globalizada.
La comunicación popular, tal como la propone Luiz Beltrão, busca demostrar que siempre ha existido una forma poderosa de comunicación en las culturas populares, pero que históricamente ha sido ignorada. Y cuando digo marginada, me refiero precisamente a eso: algo que ha permanecido fuera de los espacios visibles de la sociedad de masas.
Es en esta comunicación donde encontramos los códigos de identidad, las claves que nos ayudan a comprender los significados que producen estas comunidades. Al analizar esto con mayor detenimiento, queda claro que estas comunidades nunca dejaron de comunicarse; simplemente no se las escuchaba.
Usted propone un «diagrama de mediaciones» para observar rituales, audiencias, formas de producción y reconfiguraciones. ¿Cómo surgió la necesidad de crear esta herramienta y qué nos permite observar que antes podría haber pasado desapercibido?
Cuando comencé a estudiar la obra de Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones, me topé con los mapas de mediaciones. Al principio, me pareció complejo, pero al mismo tiempo me impulsó a buscar una comprensión más profunda de este concepto.
Fue, en cierto modo, un renacimiento de mi investigación. Al adaptar estos diagramas, pude sistematizar mejor mi pensamiento y comprender la producción de significado tanto por parte del emisor —a quien llamo productor— como del receptor, es decir, la audiencia.
Esta herramienta me permitió ver con mayor claridad las relaciones entre rituales, prácticas, modos de producción y formas de recepción; elementos que ya existían, pero que no podía percibir. El diagrama ayuda precisamente a organizar estas capas y a revelar conexiones que antes no eran tan evidentes.
El libro demuestra que, incluso con la desaparición de algunos contextos originales, como las antiguas jornadas de trabajo comunitario, el fandango sigue circulando a través de la tradición oral, las representaciones y los medios digitales. ¿Qué nos enseña esta capacidad de adaptación sobre la supervivencia cultural?
El aspecto más importante que observé fue la solidez de las matrices culturales y el vínculo social de la comunidad en la continuidad de sus costumbres, su identidad y su resistencia.
Al mismo tiempo, existe una gran flexibilidad —incluso diría que maleabilidad— para adaptarse y negociar con el presente. En ocasiones, es necesario ceder ante los cambios para que la práctica siga existiendo y tenga sentido dentro de una nueva temporalidad.
La cultura solo perdura mientras se practica. Cuando deja de vivirse en el presente, se convierte simplemente en historia. Por lo tanto, necesita interactuar con el tiempo, con los procesos híbridos y con las transformaciones del mundo, sin perder sus fundamentos.
En el caso de Fandango Caiçara, esto es lo que garantiza su continuidad: la capacidad de transformarse sin romper con sus raíces, manteniendo el significado dentro de la propia comunidad.
En tu discurso, el trabajo se presenta como un «viaje sensible» a través de los afectos y las estrategias que mantienen viva la cultura popular. Tras esta investigación, ¿qué sientes que ha cambiado en tu forma de escuchar, observar y comprender estas tradiciones?
Pude experimentar de primera mano esta dimensión de inmersión cultural y los cambios que produjo en mi propia forma de relacionarme con ella.
He llegado a comprender las narrativas de las canciones de una manera diferente. Antes, simplemente escuchaba; ahora puedo visualizar lo que esas historias retratan, no solo de forma racional, sino también en el ámbito de lo invisible, lo emocional, lo sentimental. Es una relación que involucra el entorno, la historia y los sentidos que allí se manifiestan.
A partir de esta conexión más profunda, desarrollé mi propio vínculo con esta cultura, aun sabiendo que se da a una escala diferente; al fin y al cabo, no es el lugar de alguien que nació y creció en ella. Aun así, este proceso me permitió comprender mejor: de dónde viene la Caiçara Fandango, hacia dónde va y qué comunica, tanto en el mundo visible y racional como en el invisible, sensible y emocional. Es, sin duda, un viaje.
Y la invitación sigue vigente: que la gente intente comprender el Fandango Caiçara, o incluso su propia cultura, y, si es posible, que se acerque a esta reflexión en «La comunicación de la cultura popular».
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