En «No hay ninguna posibilidad en el infierno», el autor Vinícius Ferreira lleva al lector a una inquietante investigación ambientada en el interior de Minas Gerais, donde la aparente tranquilidad de un pueblo se ve destrozada por un brutal crimen que involucra a tres niños. Siguiendo a los detectives Bartolomeu Franco y Cenoura, la narración se adentra en un mundo de fanatismo religioso, silencio social y desigualdad, revelando un Brasil marcado por secretos y omisiones. En una entrevista, el escritor habla sobre la construcción de un thriller que combina suspenso policial y crítica social, desafiando los límites éticos de sus personajes y del propio lector.
No existe la casualidad en el infierno, parte de un crimen brutal en una ciudad que aparenta tranquilidad. ¿Qué fue lo que más te interesó de explorar este contraste entre la calma del campo y la violencia que se esconde tras ella?
La idea era precisamente construir una historia en la que la violencia misma se utilizara para destrozar la ilusión de que existen ciudades pacíficas.
La imagen de los tres niños encontrados en el cobertizo es muy impactante y perturbadora, aún más por los elementos simbólicos que rodean la escena. ¿Cómo fue construir este crimen de manera que tuviera un impacto sin perder la profundidad humana de la historia?
Cuando el investigador Bartolomeu Franco llega a la escena del crimen, observa que el experto la maneja con gran indiferencia. Es entonces cuando empieza a sentirse realmente conmocionado. ¿Cómo puede alguien mantener tal indiferencia ante algo tan brutal, ejecutado con tanta sofisticación? La pregunta lo deja perplejo, pero consciente de que, por muy violento que parezca, sigue siendo un acto humano y que las razones del crimen deben buscarse entre los motivos humanos.
Bartolomeu Franco no es solo un investigador que se enfrenta a un caso difícil, sino también un hombre atormentado por la culpa, el agotamiento y los conflictos familiares. ¿Qué te llevó a crear un protagonista tan herido moral y emocionalmente?
Siempre me han fascinado en la literatura esos personajes cuyos gestos, por pequeños que sean, parecen una lucha contra el abismo. Aquellos cuya alma se asemeja a un pantano que los amenaza con ahogarse. En el fondo, Bartolomé quiere descubrir qué lo atormenta hasta el punto de dejarlo sin fuerzas. Quiere saber por qué el infierno lo eligió. Por otro lado, creo que todo investigador de homicidios inevitablemente crea demonios. La inocencia y la fe en la bondad natural de la humanidad mueren con las víctimas de los crímenes que investiga.
La relación de Bartholomew con su padre, marcada por la desaprobación, la distancia y la demencia, añade una dimensión muy sensible a la novela. ¿Cómo interactúa esta dimensión íntima con la brutalidad de la investigación?
Creo que la enfermedad de su padre deja a Bartolomeu con la sensación de que no hay vuelta atrás y que no se puede arreglar la vida que pudo haber sido pero no fue. Cuando no arregla el cuadro de la pared, que su padre no tuvo tiempo de arreglar antes de ser hospitalizado, parece estar señalando este sentimiento. Parece preguntarse: «¿Qué hemos hecho con esta vida?», y esto abre un enorme vacío en su pecho, como alguien que ha perdido algo preciado y, justo cuando está listo para una segunda oportunidad, empieza a carecer de la memoria y el tiempo para cultivar afectos. Creo que esto lo motiva a querer resolver el crimen, a reparar un orden que le parece muy injusto.

El libro describe una sociedad donde crímenes atroces pueden ocurrir a plena vista, mientras que muchos optan por ignorarlos. ¿Hasta qué punto esta historia constituye también una crítica al silencio social y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno?
Este es un tema crucial. En nuestra época, marcada por la visibilidad y la interconexión, paradójicamente, existe una enorme selectividad respecto a qué causas merecen o no la movilización. Creo que el libro también sigue esta línea, abordando el tema del silencio como una opción más cómoda para mantener el orden establecido.
Al incorporar corrupción, desigualdad social, abuso de poder y fanatismo religioso a la trama, construyes un auténtico noir brasileño. ¿Qué te ofrece el noir como lenguaje para hablar de este país oscuro que a menudo preferimos negar?
Brasil solo aparenta ser un país soleado, según la mitología creada para la exportación. En realidad, tenemos una larga tradición de evitar mirarnos al espejo y creer que encender las luces podría molestar tanto a los vivos como a los muertos. Construimos imágenes del país y de nuestra cultura que no se corresponden con nuestras experiencias reales, con nuestra historia de violencia, exclusión y explotación. La novela negra nos permite descubrir la otra cara de estos espejismos del país.
El origen del libro, que parte de un cuento infantil sobre un cadáver oculto y sin nombre, es muy impactante. ¿Cómo logró que ese recuerdo permaneciera tan vivo en su mente hasta transformarse en una novela?
Suelo decir que tengo algunas obsesiones y que no las manejo bien. Quizás la ficción siempre ha sido una forma de eludir sus efectos. Escuché esta historia, contada por un tío mío, cuando era niño, y me inquietó durante muchos años. No podía entender ni aceptar que nadie reclamara el cuerpo, investigara ni siquiera hablara de la historia. Es como si esa persona nunca hubiera existido. La casa fue demolida, la cocina reformada, los huesos tirados a la basura. Mi tío me dijo que lo olvidara. No valía la pena perder el sueño por una historia sin solución, sin final, sin nombre, sin rostro, sin nada. El libro demuestra que no podía.
Su libro parece plantear una pregunta profunda: ¿cuántos actos de violencia quedan sin nombre, injustamente tratados y olvidados? ¿Qué espera provocar en el lector al presentarle una narración tan inquietante y éticamente compleja?
Si el libro tiene la suerte de encontrar un lector, espero sinceramente que, al terminarlo, no pueda permanecer indiferente ante él.
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