En «Mi padre me mintió», el escritor y psicoanalista Daniel Lirio sigue a Tomás, un niño de 12 años que comienza a cuestionar su relación con la verdad tras descubrir una pequeña mentira de su padre. A partir de este episodio aparentemente sencillo, la obra construye una narrativa sensible sobre la confianza, la ética, la imaginación y la maduración, entrelazando referencias de la ciencia, la filosofía, el psicoanálisis y la literatura. En una entrevista, el autor reflexiona sobre cómo crecer también implica aprender a convivir con las dudas y comprender que la realidad puede verse desde múltiples perspectivas.

“Mi padre me mintió” parte de una situación muy simple, casi cotidiana, pero que provoca una gran conmoción en Tomás. ¿Qué te interesó mostrar sobre la infancia a través de este descubrimiento aparentemente banal?

La infancia y la adolescencia son etapas sensibles en las que las perspectivas pueden cambiar rápidamente. A diferencia de la adultez, donde los cambios son lentos, los pequeños acontecimientos tienen profundas repercusiones en los jóvenes. Durante este periodo, es muy beneficioso que padres y educadores estén presentes, no para ofrecer respuestas, sino para que el joven se sienta seguro al explorar su propio camino sin temor a decepcionar a estas figuras y con la confianza de que recibirá apoyo cuando las cosas no salgan como esperaba.

La mentira del padre actúa como una grieta en la visión del mundo del protagonista. ¿En qué momento te diste cuenta de que este pequeño episodio podía dar pie a una reflexión tan profunda sobre la verdad, la confianza y la realidad?    

Esta historia se basa en un hecho real: mi hijo me descubrió mintiendo. Como suele ocurrir con los padres, uno se siente culpable y necesita hacer algo al respecto. Como psicoanalista, ya sabía que la verdad, la confianza y las mentiras son temas complejos. Al unir las piezas, el libro surgió de forma natural.

A lo largo del libro, Tomás comienza a desconfiar no solo de las personas, sino también de las certezas que organizan la vida en sociedad. ¿Qué fue lo que más te motivó a la hora de construir este despertar inquieto del personaje?    

Aquí debemos retomar el contexto social más amplio en el que fue escrito, marcado por la propagación de mentiras y noticias falsas. Observé que una parte de la sociedad reaccionó defendiendo la verdad científica, la importancia de la investigación y la verificación de datos. Si bien esta postura es sumamente importante, no podemos perder de vista que el ámbito humano también abarca la capacidad de jugar con la realidad y las mentiras, de inventar, fabricar y crear. El libro aborda este delicado tema de reconocer y aceptar una realidad compartida, la investigación científica fundamental para nuestra calidad de vida, sin renunciar a nuestra capacidad de crear nuevas narrativas, nuevos caminos para nuestra existencia.

La narración reúne a figuras como Ulises, Marie Curie, Einstein, Freud, Kafka, Clarice Lispector, Fanon y Milton Santos en el universo de un niño de doce años. ¿Cómo fue transformar a estas figuras en presencias vivas dentro de la experiencia de Tomás?    

Fue sumamente divertido y, a la vez, muy estimulante. Durante el proceso, me sumergí en cada uno de estos personajes, vi videos, escuché discursos, leí sus obras académicas y literarias, e imaginé cómo hablarían y se comportarían en determinadas situaciones. Sobre todo cuando se trataba de niños, me preguntaba cómo serían si vivieran en el espacio y el tiempo definidos en el libro. Al crear un personaje, necesitamos darle una voz propia. En este caso, junto con el nombre venía mucha información, y mi tarea consistía en refinar el contenido para crear una voz que encajara con el contexto y resonara con la obra del autor original.

El libro parece mostrar que crecer también implica aprender a convivir con las dudas, sin respuestas completamente definitivas. ¿Crees que este podría ser uno de los desafíos más difíciles —y más humanos— de la madurez?    

Estoy totalmente de acuerdo. Crecer implica vivir con dudas, con incertidumbre. Sin arriesgarnos, nos limitamos a repetir fórmulas preestablecidas y, por lo tanto, no podemos avanzar hacia nuestros deseos. Así, por un lado, anhelamos garantías; por otro, anhelamos libertad, la posibilidad de experimentar lo que deseamos. En medio reside la duda.

Como psicoanalista, sin duda trabajas con las capas que existen entre la realidad, la fantasía, la defensa y la percepción. ¿Cómo influyó tu experiencia clínica en la escritura de este relato?

Principalmente, a través de la comprensión de los dramas individuales, ya que la cuestión de la verdad y la falsedad no se limita a los acontecimientos cotidianos. Al seguir este hilo conductor, llegamos a preguntas existenciales muy profundas, como la alteridad y la muerte. Además, nos lleva a comprender que somos seres complejos y contradictorios. Por lo tanto, buscar una única visión de la realidad es una tarea inútil, no solo porque las personas tienen valores distintos, sino porque cada persona alberga verdades contradictorias en su interior.

Hay algo muy bello en la idea de que la verdad y la imaginación no tienen por qué ser enemigas, sino que pueden coexistir. ¿Qué querías evocar en el lector al trabajar con esta tensión de una manera tan delicada?    

Con la inteligencia artificial, nos asombra su capacidad para crear imágenes y vídeos con una perfección asombrosa. Sin embargo, esto no supera la capacidad humana de inventar narrativas, de inventar mundos, jugando con lo posible y lo imposible. En un mundo con tanta violencia, con tantas catástrofes, es normal que dejemos de imaginar un mundo mejor y nos volvamos pesimistas. Escribir este libro rescató parte de mi optimismo.

En definitiva, el libro también parece ser una invitación a reflexionar sobre el mundo sin depender de un único marco de referencia que garantice la verdad. ¿Qué esperas que los niños, los jóvenes e incluso los adultos aprendan de esta lectura y apliquen a sus vidas?    

¡Exacto! Necesitamos ampliar estos puntos de referencia, sobre todo si consideramos los diferentes marcos de pensamiento que nos impregnan, no solo los europeos, africanos e indígenas, sino también una miríada de perspectivas asiáticas, árabes y de muchas otras culturas. Cada forma de pensar es también una forma de sentir y de relacionarse. Una de las ventajas de nuestra época es tener acceso a tantas perspectivas diferentes. Depende de nosotros aprovecharlas.

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