En «¿Qué pasa por la cabeza de un médico?», el radiólogo Rodrigo Silva Müller ofrece una reflexión humorística sobre los aspectos menos conocidos de la medicina contemporánea, rompiendo con la imagen del especialista infalible. A través de crónicas que transcurren entre la vida cotidiana en el hospital, la influencia de las redes sociales y los retos de la era digital, el autor revela las contradicciones, presiones y dilemas a los que se enfrentan los profesionales sanitarios. En una entrevista, Müller aborda la necesidad de recuperar la dimensión humana de la atención médica en un escenario cada vez más marcado por los algoritmos, la burocracia y la desinformación.

“¿Qué pasa por la cabeza de un médico?” surge del claro deseo de desmantelar la imagen del médico inflexible y distante. ¿En qué momento sentiste que era hora de dejar de lado ese idealismo y entablar una conversación más honesta y humana?

En realidad, no hubo un momento concreto en el que decidiera abandonar la imagen idealizada del médico para entablar una conversación más honesta; fue más bien una sucesión de pequeñas molestias a lo largo del tiempo. Empecé a darme cuenta de que la forma en que la medicina se presenta en los medios, en las redes sociales e incluso en conversaciones informales no se corresponde del todo con nuestra realidad cotidiana. Existe la idea del médico como alguien siempre seguro de sí mismo, siempre con la razón, casi inmune a la duda, y eso simplemente no es cierto. Gradualmente, comencé a escribir textos sobre situaciones muy concretas de nuestra rutina y me di cuenta de que, aunque eran historias diferentes, todas giraban en torno a las mismas tensiones: nuestra relación con el cuerpo humano, con el paciente, con la enfermedad y con nuestras propias limitaciones. El título del libro surge de esto, no de una respuesta prefabricada, sino de un intento de mostrar este pensamiento en acción, menos idealizado y más en segundo plano.

Tu libro parece demostrar que la medicina real se basa menos en certezas absolutas y más en decisiones complejas, limitaciones y capacidad de escucha. ¿Qué otros aspectos de esta faceta menos idealizada de la profesión te interesaba revelar?

La medicina se ocupa de uno de los sistemas más complejos que existen: el cuerpo humano. En los sistemas complejos, nunca se tiene control absoluto. Hay variables que dominamos, otras que aún estamos aprendiendo y muchas que desconocemos, lo que transforma por completo la lógica de la profesión. El conocimiento médico no se basa en certezas absolutas, sino en probabilidades, principalmente derivadas de estudios clínicos. Trabajamos con probabilidades, no con garantías. Por supuesto, con el avance de la ciencia, estas probabilidades mejoran considerablemente y la medicina ha evolucionado de forma impresionante, pero sigue siendo una ciencia de incertidumbre controlada. Y hay un punto que me interesaba destacar: el paciente no es solo biología; es psicológico, social e histórico, y aporta contexto, creencias y la época en la que vive. Así pues, en definitiva, el libro intenta demostrar que la buena medicina no se reduce a la técnica, sino que es la capacidad de integrar la ciencia, el contexto y la escucha activa.

Como radiólogo, usted ocupa una posición privilegiada dentro del entorno hospitalario, casi como alguien que observa lo que sucede tras bambalinas desde dentro. ¿Cómo influyó esta posición en la perspectiva que desarrolló en el libro?

La radiología me ha situado en una posición singular, ya que a menudo nuestro interlocutor directo no es el paciente, sino otro médico. Esto implica que, además de analizar exámenes, observamos las decisiones, las dudas y los procesos de pensamiento de nuestros colegas. Esto ya de por sí crea una posición privilegiada entre bastidores, y en mi caso, esta se amplió cuando trabajé como director técnico de un hospital, participando en reuniones, debates clínicos y decisiones difíciles, lo que me permitió un contacto muy directo con el funcionamiento real de la medicina. A lo largo de más de dos décadas trabajando en radiología, todo esto se ha ido acumulando como un diario, una colección de escenas, patrones y comportamientos. Este libro nace en gran medida de esta experiencia, no desde el centro de atención, sino desde la perspectiva de alguien que ha dedicado un tiempo considerable a observar lo que sucede tras bambalinas.

Utilizas el humor para hablar de temas serios, como la vanidad profesional, la burocracia, el agotamiento y la desinformación. ¿Por qué te pareció que la risa era una forma eficaz de abordar temas tan delicados?

Para mí, el humor no es solo una herramienta, es casi un lenguaje, porque permite decir cosas difíciles sin alienar al lector y crea una apertura que hace el texto más accesible. Entiendo que es una forma sofisticada de lidiar con circunstancias estresantes y contradictorias. Pero hubo un claro esfuerzo por nunca usar el humor para sobrellevar el sufrimiento del paciente o la enfermedad en sí; el humor aparece entre bastidores, en nuestras contradicciones, en la vanidad, en la burocracia y en las pequeñas absurdidades de la rutina. En definitiva, reduce la distancia, saca al médico de ese lugar inaccesible y lo acerca. Esto, paradójicamente, aumenta la confianza, porque el lector percibe que hay una persona real, no una figura idealizada.

Rodrigo Silva Müller
Rodrigo Silva Müller

La obra presenta imágenes muy impactantes, como la «República Federativa del Bloque Quirúrgico» y el «Tío WhatsApp». ¿Qué revelan estas figuras sobre los desafíos actuales del ejercicio de la medicina?

La República Federal del Bloque Quirúrgico surge de un grato recuerdo de una época en la que aún consideraba la posibilidad de ser cirujano, cuando el ambiente era más jerárquico y a menudo se caracterizaba por la arrogancia y las relaciones tensas; algo que ha cambiado considerablemente hoy en día con una práctica más regulada y profesional. Esta imagen ayuda a ilustrar cómo evoluciona la cultura médica, no siempre de forma lineal. El «Tío de WhatsApp» es otro personaje, casi universal, que mezcla afecto con desinformación, buenas intenciones con certezas completamente equivocadas, y esto crea un nuevo desafío para la medicina, que ya no se trata solo de tratar enfermedades, sino de lidiar con narrativas contrapuestas, a menudo más seductoras que la propia ciencia.

Cuando se habla del «Dr. Algoritmo», queda claro que la tecnología puede ser muy útil, pero no reemplaza el contexto ni la atención. ¿Dónde sitúa usted hoy el límite entre la eficiencia técnica y la presencia humana?

La tecnología transformará profundamente la medicina, y en muchos sentidos para mejor, al encargarse de tareas repetitivas y liberar tiempo. La pregunta entonces es qué hará el médico con ese tiempo. Lo que diferencia al médico de la máquina no es la capacidad de procesar datos, porque la máquina ya lo hace muy bien, sino el contexto, la capacidad de escucha y la habilidad para comprender al paciente como una historia y no como un conjunto de variables. Cuanto más eficiente se vuelve la tecnología, más importante cobra importancia aquello que no puede reproducir: la presencia humana.

El libro también aborda un tema delicado: la salud mental de los profesionales formados bajo esta «pedagogía del agotamiento». ¿Cuánto más le queda por avanzar a la medicina antes de prestar mayor atención a quienes cuidan de los demás?

Este cambio ya se está produciendo, silenciosamente, impulsado por las nuevas generaciones. Los médicos más jóvenes toleran menos los modelos de formación basados ​​en el agotamiento y una idea casi heroica del sufrimiento. Se retiran a tiempo, hablan abiertamente sobre el síndrome de burnout y rechazan la idealización del sacrificio que la generación anterior normalizó. En cierto modo, están formando a los formadores, y esto empieza a ejercer presión sobre un sistema que durante mucho tiempo se ha nutrido del autosacrificio como si fuera una virtud. El camino aún es largo, pero la presión para el cambio ya no viene solo de fuera de la medicina. Viene de dentro.

Usted argumenta que la verdadera sabiduría también reside en saber decir «No lo sé». En una profesión tan estrechamente ligada a la autoridad, ¿por qué admitir la duda podría ser uno de los gestos más humanos y éticos que un médico puede realizar?

La autoridad médica tiene un papel legítimo. Organiza la atención y brinda tranquilidad en un momento de vulnerabilidad del paciente. Pero tiene un límite, que es el límite mismo de la medicina, y cuando un médico mantiene una certeza que no existe, no está siendo más fuerte, sino menos honesto. Reconocer la duda, cuando es real, no debilita la relación con el paciente. Al contrario, la hace más genuina. La confianza no proviene solo de la seguridad proyectada, sino de la coherencia entre lo que se sabe y lo que se dice. Creo que el gesto más ético de un médico es precisamente reconocer claramente los límites de su conocimiento y, sobre todo, los límites de su conocimiento.

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