En *Origami con alas: Sobreviviendo a los pliegues del tiempo*, Debbie Villela construye una obra marcada por la delicadeza de la observación y la fuerza de las transformaciones humanas. Utilizando la metáfora del origami, la autora entrelaza recuerdos, afectos, pérdidas y nuevos comienzos en textos que transitan entre lo íntimo y lo universal, revelando cómo cada pliegue de la vida deja huella, pero también abre nuevas posibilidades. En una entrevista, Debbie reflexiona sobre el proceso de transformar experiencias y sentimientos en escritura, proponiendo una mirada sensible a la resiliencia, la identidad y la belleza contenida en las pequeñas escenas de la vida cotidiana.
En «Origami con alas», utilizas el plegado como metáfora para hablar del tiempo, la pérdida y la transformación. ¿En qué momento esta imagen comenzó a capturar de forma tan efectiva la esencia del libro para ti?
La imagen del pliegue no surgió como un concepto preestablecido; se desarrolló gradualmente. En cierto momento, comprendí que todo lo que escribía estaba pasando por este proceso de ser marcado, presionado, transformado. El pliegue no borra lo anterior; lo transforma. Cuando entendí que el tiempo nos hace esto —no destruye, sino que reorganiza— la metáfora dejó de ser un recurso y se convirtió en la estructura del libro.
Tu escritura parece encontrar profundidad en escenas cotidianas muy sencillas, como un recuerdo de la infancia o el silencio de una casa vacía. ¿Qué te interesa de este encuentro entre el pequeño gesto y la gran emoción?
El pequeño gesto me interesa porque simplemente sucede. Y, al suceder, revela lo que no planeamos, lo que no ensayamos, lo que probablemente ni siquiera comprendemos. Y es precisamente ahí donde la emoción se manifiesta con mayor autenticidad. Una casa vacía, por ejemplo, no necesita explicación: habla por sí sola. Creo que la vida cotidiana encierra aquello que intentamos evitar nombrar. Escribir sobre ello es una forma de afrontarlo sin necesidad de dramatizarlo.
El libro habla de resiliencia sin sonar a discurso preparado, sino como algo vivido, sentido y experimentado. ¿Cómo fue transformar experiencias tan íntimas en una obra capaz de abordar también lo universal?
Transformar lo íntimo en algo compartible requería una especie de distanciamiento cuidadoso. No se trataba de exponer, sino de elaborar. Cuando la experiencia deja de ser exclusivamente mía y adquiere forma, ritmo y lenguaje, abre un espacio para que el otro entre. La resiliencia, en este sentido, no se manifiesta como una superación heroica, sino como permanencia. Continuar, incluso ante las dificultades, es ya una forma de fortaleza.
Tienes formación en campos bastante objetivos, como el Derecho y la Publicidad, pero aquí revelas una perspectiva muy sensible y lírica. ¿Cómo coexisten estas diferentes facetas de ti misma en tu escritura?
Estas formaciones más objetivas no han desaparecido; organizan el pensamiento. Quizás sean responsables de la estructura, de la contención, de evitar que la escritura se pierda. La sensibilidad, en cambio, proviene de otro lugar, más difícil de controlar. Ambas coexisten en tensión: una delimita, la otra expande. Y la escritura surge precisamente en este equilibrio inestable.

El personaje de Valentina emerge como alguien que intenta comprender sus propios sentimientos entre ilusiones románticas y un anhelo de libertad. ¿Qué revela sobre la fragilidad y la madurez que un texto más confesional no transmitiría de la misma manera?
Valentina permite un cambio de perspectiva. Al hablar en su nombre, puedo observar desde fuera lo que, si fuera una confesión directa, podría resultar excesivamente hermético o indulgente. Ella lleva consigo contradicciones sin necesidad de resolverlas rápidamente. La fragilidad, en su caso, es un estado que debe comprenderse, no un problema que deba corregirse. Y la madurez se manifiesta más como una toma de conciencia que como una respuesta.
Hay una delicadeza en el libro que no niega el dolor, sino que lo transforma en lenguaje. Para ti, ¿la escritura funciona más como un refugio, una forma de procesar las cosas o un nuevo comienzo?
Para mí, escribir funciona como un proceso de elaboración. No en el sentido de resolver problemas, sino de dar forma a lo que antes era difuso. Cuando escribo, las cosas dejan de ser meras sensaciones y se convierten en pensamiento. Esto no elimina el dolor, pero impide que se vuelva amorfo. Y, en cierto modo, es ya un nuevo comienzo, porque lo que toma forma también adquiere la posibilidad de ser reubicado en la vida.
La idea de incluir pliegues en la obra crea una experiencia muy simbólica entre la mano y la palabra. ¿Cómo surgió la idea de unir este gesto manual con el viaje emocional del libro?
La idea de plegar papel surge de la necesidad de concretar un proceso interno. Escribir es un gesto invisible para el lector, pero plegar es físico, requiere tiempo, atención y repetición. Combinar ambos elementos fue una forma de acercar al lector a la experiencia del libro. Como si se quisiera decir: no se trata solo de comprender, sino de hacer, aunque sea simbólicamente, con las propias manos.
Tras recorrer recuerdos, pérdidas, reencuentros y reinvenciones en Origami with Wings, ¿qué espera que sienta el lector al cerrar el libro: consuelo, reconocimiento, valentía o el deseo de rediseñar también su propia forma?
No espero una respuesta concreta del lector. Pero si algo pudiera perdurar, sería la sensación de que es posible seguir adelante incluso sin estar completos. Nuestras cicatrices, en lugar de hacer el futuro imposible, lo hacen más denso y completo. Creo que mi libro ofrece la reconfortante comprensión de que nadie necesita estar completamente curado para seguir adelante. A veces, basta con aceptar la forma que uno tiene ahora y, a partir de ahí, crear otra posibilidad.
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