Con una trayectoria que abarca los cinco continentes y ha visitado más de 80 países, la empresaria y educadora brasileña Natália Mondelli comparte en «O mundo é seu: negócio fechado!» —publicado por DVS Editora— las lecciones clave que aprendió al negociar con diferentes culturas. El libro ofrece una perspectiva práctica y humana sobre la importancia de las habilidades interculturales en los negocios globales y es una lectura imprescindible para quienes buscan expandir sus conexiones más allá de las fronteras geográficas.

A lo largo de su carrera, ha viajado a más de 80 países, viviendo experiencias que desafían cualquier zona de confort. ¿Cuál fue el momento más inusual, o quizás transformador, en el que se dio cuenta, en la práctica, del poder de la empatía intercultural en una negociación?

Sin duda, fue mi experiencia en un barco, donde me encontré en un entorno confinado, en una situación extrema que rozaba la esclavitud, con alrededor de 70 nacionalidades diferentes a bordo. Esta experiencia fue muy desafiante, ya que todos en el mismo entorno confinado, todos trabajando juntos, con tantas diferencias culturales, fue una experiencia de aprendizaje para mí. Por eso, considero este momento el más desafiante, pero también el que más me ayudó a desarrollar empatía y una perspectiva más sensible hacia las diferencias culturales.

El libro explora cómo gestos sencillos, como ofrecer azúcar para el té, pueden tener interpretaciones inesperadas en otras culturas. ¿Cómo desarrollaste la sensibilidad para percibir estos «detalles silenciosos» y gestionarlos sin perder la espontaneidad?

Creo que esto siempre ha sido una parte importante de mi personalidad, ya que siempre he intentado ser muy empático con todos los que me rodean, y desde pequeño también he estado rodeado de personas con personalidades muy difíciles, lo que me ayudó a desarrollar estas habilidades sociales tan fuertes. Creo que también desarrollé esta aptitud cometiendo errores muchas veces y poniéndome en el lugar del otro. Siempre tomo cualquier situación, incluso una negativa, como una pequeña lección de vida.

En culturas donde las relaciones son más importantes que los contratos, apresurarse puede considerarse una falta de respeto. ¿Cómo has aprendido a bajar el ritmo y adaptarte a tu ritmo sin comprometer tus objetivos como emprendedor global?

La verdad es que aún no he aprendido a bajar el ritmo del todo. Soy una persona muy ocupada y trabajo en múltiples frentes, con diferentes negocios en marcha simultáneamente. Pero cuando pienso en bajar el ritmo para respetar los tiempos y el ritmo de una negociación, especialmente en cuanto a la importancia de construir una relación antes de firmar un contrato, creo que he evolucionado un poco. Creo que este punto es fundamental: construir una relación a largo plazo en las negociaciones internacionales es invaluable. Cuando logramos establecer este tipo de conexión, se vuelve más natural respetar los tiempos y los rituales del otro, evitando actitudes que podrían interpretarse como falta de respeto.

Hablas de la importancia de llevar la «insignia de la humildad» y reírte de tus propios errores. ¿Cuál fue uno de esos momentos que, a pesar de la vergüenza inicial, te enseñó algo que ningún posgrado podría ofrecerte?

Creo que una gran lección que aprendí sobre esta «insignia de la humildad» y sobre reírse de los propios errores ocurrió cuando compré mi apartamento en Suiza. Tuve que negociar los tipos de interés con el banco, comparar propuestas de diferentes instituciones y luego me enfrenté al reto de reformar la propiedad. Aprendí mucho durante este proceso, especialmente sobre la importancia de adoptar una actitud humilde cuando nos encontramos en un entorno completamente nuevo. Era mi primera reforma en el extranjero y ni siquiera sabía cómo contratar a un carpintero, fontanero, pintor o albañil. A partir de estas cuestiones prácticas, comprendí lo crucial que es reconocer nuestras limitaciones, estar abiertos a aprender e incluso reírnos de nuestros propios errores. La falta de comunicación, tanto en el idioma como debido a las diferencias culturales, es inevitable. Por lo tanto, este episodio tuvo un profundo impacto en mí, tanto por la experiencia de negociar con bancos y fondos para la compra de la propiedad como por el intenso aprendizaje durante la reforma.

Natália Mondelli
Natália Mondelli

Su estilo de escritura revela calidez, generosidad y humor, incluso al abordar temas complejos como las negociaciones internacionales y la responsabilidad social. ¿Cómo logra un equilibrio entre ligereza y profundidad al comunicar temas tan estratégicos para líderes y emprendedores?

Mi forma de escribir refleja exactamente cómo actúo en la vida. A pesar de tratar temas más complejos, como negociaciones internacionales, formación empresarial e integración, áreas en las que trabajo en el extranjero, nunca pierdo mi ligereza ni mi humor. Creo que para posicionarse, no es necesario adoptar una postura rígida, una expresión seria ni usar una máscara. Es perfectamente posible combinar la profesionalidad con el buen humor y la desenfado. Esta combinación es, sin duda, parte de mi personalidad.

En su libro, menciona el lenguaje corporal como una herramienta silenciosa. ¿Cómo fue aprender a «leer el cuerpo» de personas de diferentes culturas y cuándo ha marcado una diferencia en una negociación?

Para mí, el lenguaje corporal se ha convertido en una brújula silenciosa. Aprender a interpretarlo con empatía y respeto me ha enseñado a ajustar el tono, el ritmo e incluso el contenido de las conversaciones, y a menudo ha sido el factor decisivo entre un acuerdo fallido y un contrato firmado con entusiasmo.

Vivir en una ciudad tan cosmopolita como Basilea te expone a múltiples perspectivas a diario. ¿Cómo influye este entorno en tu forma de abordar los negocios y tender puentes entre culturas tan diversas?

Vivir en Basilea es como despertar cada día en una encrucijada de mundos. La ciudad está en el corazón de Europa, pero vibra con voces de todo el mundo: ejecutivos indios, artistas africanos, emprendedores estadounidenses, refugiados sirios y vecinos alemanes, franceses y suizos que comparten café, trenes e ideas. Esta convivencia diaria me enseñó que la diversidad no es un concepto, es una práctica. Me hizo comprender que las soluciones más innovadoras en los negocios a menudo surgen de la fricción creativa entre diferentes visiones del mundo. Basilea me enseñó a escuchar con paciencia, a negociar con flexibilidad y a tender puentes donde antes había barreras culturales invisibles. En mi vida diaria, este entorno cosmopolita me reta a revisar mis suposiciones y a adaptar constantemente mi comunicación. Y eso es precisamente lo que me permitió crear una escuela de negocios con ADN internacional, una ONG con un verdadero impacto social y, ahora, un libro que traduce estas experiencias en aprendizaje accesible para líderes y emprendedores globales. Basilea no solo amplió mi repertorio cultural, sino también mi forma de entender la colaboración, la pertenencia y la estrategia en el escenario global.

Eres emprendedor, educador, fundador de una ONG y ahora autor de un libro que inspira a muchos. ¿Qué te motiva cada día a seguir cruzando fronteras —físicas y culturales— y qué sueñas aún con lograr en este ámbito global?

Lo que me impulsa es la convicción de que el mundo es mucho más grande de lo que nos han enseñado y que las mayores transformaciones ocurren cuando nos permitimos habitarlo con valentía y curiosidad. Cada frontera que he cruzado, física o simbólica, me ha enseñado algo nuevo sobre mí mismo, sobre los demás y sobre las posibilidades que existen cuando las culturas se encuentran con respeto. Ver el brillo en los ojos de un inmigrante que se siente reconocido, un empresario que cierra su primer contrato internacional o un lector que se identifica con una historia que he vivido, eso me llena de energía. Mi misión siempre ha sido allanar el camino. Y si puedo hacer que el camino de alguien sea más ligero, claro o audaz, entonces todo el esfuerzo vale la pena. Sigo soñando en grande. Quiero que mi escuela de negocios llegue a líderes en todos los continentes, que mis iniciativas sociales se conviertan en un referente de integración y que los libros que escribo ayuden a formar una nueva generación de emprendedores conscientes: aquellos que no le temen a lo desconocido, que entienden el valor de las diferencias y que construyen puentes donde nadie lo imaginó posible. Porque cruzar fronteras, para mí, nunca ha sido una cuestión de distancia, siempre ha sido una cuestión de impacto.

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