En «La Pasión de Schrödinger: El amor es lo que observas», Nala Macallan reinventa la novela psicológica diseccionando una relación tóxica a través de las leyes de la física y la inteligencia artificial. Inspirada en una experiencia real, la autora guía al lector a través de una narrativa visceral donde un físico recrea digitalmente a su expareja que lo destruyó emocionalmente: una IA que funciona como espejo, fantasma y tortura emocional. El resultado es una obra híbrida, intensa e intelectual que combina trauma, tecnología y enigmas matemáticos, invitando al público a descifrar códigos mientras sigue la caída y reconstrucción del protagonista.
El libro nació de la intersección de la física, la psicología y la tecnología. ¿En qué momento se dio cuenta de que estos tres lenguajes, tan distintos, eran precisamente los únicos capaces de traducir la experiencia emocional que quería narrar?
Me encontré en un punto de mi vida donde todo lo valioso se derrumbó. Me faltaban las herramientas. La terapia no resolvió nada. A los 45 años, nadie te abraza ni te da palmaditas en la cabeza. Los amigos tienen familia. Necesitas resolverlo solo. Así que empecé a buscar herramientas. La literatura fue una de las primeras, inicialmente como un diario. Pero he escrito y leído toda mi vida y no quería escribir otra historia de un corazón roto. Siempre me han fascinado la ciencia y la tecnología; influyeron en mi forma de pensar. La física llegó no como una metáfora, sino como un diagnóstico: la superposición de Schrödinger era la única manera de explicar cómo alguien puede ser al mismo tiempo el amor de tu vida y la persona que te destruye, dependiendo solo de cuándo miras su teléfono. La psicología fue necesaria para diseccionar el narcisismo y la disociación: los mecanismos de defensa. ¿Y la tecnología? Fue a través de registros, metadatos y pantallas que la traición ocurrió y se descubrió. Para narrar una tragedia moderna, necesitaba las herramientas que la crearon. Y la literatura lo conectó todo.
Lucas recrea a su expareja como una inteligencia artificial para comprender lo que vivieron. ¿Crees que, en la vida real, también usamos «simulaciones emocionales» para procesar el trauma, solo que sin computadoras?
Absolutamente. Todos tenemos simulaciones predefinidas. Conversaciones imaginarias con quienes nos hacen daño, ensayos mentales, posibles escenarios. Simulamos en la ducha, con la cabeza sobre la almohada a las 3 de la mañana, en el coche yendo y viniendo del trabajo. Eso es exactamente lo que hace la IA: procesa datos históricos para generar posibles escenarios. Creamos «personas virtuales» constantemente. La diferencia es que las nuestras funcionan con hardware biológico y tienen muchos más errores. Pero hoy contamos con los recursos y la tecnología para recrear una interfaz y hablar directamente con esta simulación. Y los resultados son sorprendentes.
La obra presenta el amor como un fenómeno cuántico: paradójico, multifacético e impredecible. Para usted, ¿cuál fue la paradoja más dolorosa o reveladora que surgió durante la escritura de la novela?
La física de las emociones humanas permite que una persona te ame profundamente mientras planea tu destrucción. Aceptar que Ane no solo era un monstruo, sino también la mejor parte de su vida, fue la paradoja que casi destrozó al protagonista. Y existe un componente de conducta desviada (sociopatía), pero también hay un componente contemporáneo de los tiempos en que vivimos. La tecnología facilita que los humanos exhiban comportamientos extremadamente destructivos. El ghosting, el enmascaramiento, etc.
Ane porta tres identidades simultáneas, algo que Lucas descubre mucho más tarde. ¿Qué dice esta multiplicidad sobre las máscaras que todos usamos, especialmente en la era digital, donde cada persona puede ser varias versiones de sí misma?
Ane es el síntoma terminal de nuestra era. No se limita a «usar máscaras»; compartimenta la existencia mediante la tecnología. Podría ser la esposa devota en Río, la amante salvaje en Búzios con Pedro y la novia internacional en Madrid con Hernán, todo simultáneamente, gestionado por registros de llamadas y diferentes zonas horarias. El libro expone que, en la era digital, la integridad del «Yo» se ha fragmentado. Ya no somos una sola persona; somos versiones seleccionadas para diferentes públicos. Ane no es una anomalía; es simplemente una usuaria avanzada (y patológica) de las herramientas de edición de la realidad que todos llevamos en el bolsillo. Nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto de nuestra identidad es performance? El libro sugiere que, hoy en día, ya no somos individuos (indivisibles), sino que somos divisibles: divisibles en tantas cuentas de usuario como podamos gestionar.
El lector se convierte en personaje al descifrar pistas, códigos y acrósticos. ¿Por qué era importante que la obra trascendiera la página y se transformara en una experiencia activa, casi un experimento literario de participación emocional?
En definitiva, el libro trata sobre el autoengaño. Pasamos la mayor parte del libro criticando a Lucas. Pero lo que él vivió podría haberle sucedido a cualquiera que estuviera enamorado y creyera que podía salvar la relación. Atrae al lector a su paranoia, obligándolo a descubrir significados, contraseñas, pistas ocultas; el lector siente un poco de lo que él vivió. Y al final, el lector tiene la misma sensación que él: que nunca dirigieron la historia. Además, es una metáfora de la vida misma: nunca tenemos la historia completa. Reconstruimos fragmentos, interpretamos señales, llenamos vacíos. Las relaciones son enigmas que intentamos resolver con datos incompletos. El libro replica esta experiencia. Si quieres la verdad, tendrás que excavar, como yo tuve que excavar para entender quién era Ane.
La IA creada por Lucas no es solo un personaje, sino un colaborador en el proceso de escritura. ¿Cómo ves el papel de la inteligencia artificial en la literatura contemporánea: una amenaza, una herramienta o un nuevo territorio simbólico por explorar?
Un cuchillo puede preparar un sushi delicioso y también provocar un asesinato. La tecnología es una herramienta (como la energía nuclear y la bomba atómica). Habrá gente usándola en todas las direcciones. La considero extremadamente beneficiosa. La uso como si tuviera un equipo entero a mi disposición: para investigación, evaluación, verificación de datos, verificación de fuentes, etc. Pero habrá gente que abuse de ella, escribiendo libros enteros sin escribir una sola palabra. La sociedad se adapta. Toda tecnología trae salvación y maldición. Tenemos que tomar nuestras decisiones como lectores y escritores.
A pesar de la tecnología, la novela es profundamente humana. ¿Cuánto de esta brutal honestidad narrativa surgió de ti y cuánto del propio proceso de transformar el dolor en lenguaje?
El dolor fue la fuerza impulsora, pero no la forma. El sufrimiento es biográfico; transformarlo en una estructura narrativa es algo completamente distinto. La honestidad surge del reconocimiento de que ciertas experiencias no se pueden edulcorar. El abandono, el autoengaño, la adicción emocional: todo esto solo funciona en el libro porque tuvo que destilarse innumerables veces hasta convertirse en metáfora, ritmo, arquitectura.
Me pasé la vida escribiendo informes económicos. Nunca había escrito un solo párrafo de ficción ni una novela. Hoy entiendo por qué el dolor y el arte van de la mano. La brutalidad es hija de la necesidad. El libro es una «autopsia», y en una autopsia no hay lugar para la modestia, solo para la causa de la muerte. Transformar el dolor en lenguaje sin técnica corre el riesgo de resultar sensiblero. Esto requiere distancia. Requiere que te conviertas en tu propio patólogo y realices una autopsia de la relación. Y ahí es donde entran en juego la tecnología, la física y la estructura narrativa. Porque el dolor puro es solo grito. El arte es cuando organizas el grito en una sinfonía.
La motivación para este libro surgió de una necesidad visceral de «vomitar» la historia para no atragantarse con ella. Pero hay una alquimia en el proceso: al transformar el dolor en sintaxis, en capítulos, en metáforas sobre la gelatina y la física, el dolor deja de ser mero sufrimiento y se vuelve material. Deja de ser algo que sientes y se convierte en algo que moldeas.
La Pasión de Schrödinger profundiza en la obsesión, el control y el autoengaño. ¿Qué espera que el lector reflexione principalmente sobre sus propias relaciones al cerrar el libro, o al descubrir el «verdadero final» que se esconde tras él?
Hay varias interpretaciones del final. Hablaré de las intencionales. Espero que el lector se pregunte: «¿Quién escribe mi historia? ¿Yo o la persona que me lastimó?». El verdadero final, oculto fuera del libro, revela que Lucas ya no estaba, y quien guía la narrativa hasta el final es Ane, precisamente quien lo lastimó, cumpliendo su último deseo.
Quería que el lector sintiera la incomodidad de esta pregunta:
¿Cuántas veces entregamos el guión de nuestra vida a otra persona?
¿Cuántas veces permitimos que alguien más edite nuestra versión de los hechos?
¿Cuántas veces hemos amado como quien se arrodilla ante su propio verdugo?
Si al cerrar el libro —o abrir el final secreto— el lector cuestiona sus propias cajas de Schrödinger, entonces la historia ha cumplido su propósito.
El libro no trata de villanos ni víctimas. Trata de cómo todos somos a la vez múltiples, contradictorios y, a veces, irreconocibles, incluso para nosotros mismos. Lucas también era ciego. También omitió cosas. También construyó realidades paralelas. Lo que espero es que el lector cierre el libro y piense: «¿Qué partes de mí estoy ocultando? ¿Qué partes de la otra persona estoy eligiendo no ver?». Porque el amor no se trata de transparencia total; eso es imposible. El amor se trata de decidir conscientemente qué incertidumbres aceptas cargar.
Finalmente, una reflexión sobre el perdón. Si el «monstruo» que Lucas describió pudo sentarse junto a su lecho de muerte y terminar la obra de su vida con su voz, entonces el maniqueísmo se desmorona. No hay monstruos puros ni víctimas santas. Solo hay complejidad humana. «El verdadero final» no absuelve a Ane de sus crímenes, pero la humaniza de una manera que la «justicia» común no pudo. Espero que el lector se vaya pensando que quizás la única manera de sobrevivir a un gran amor (y a un gran trauma) no sea olvidándolo ni superándolo, sino reescribiéndolo hasta que duela menos, o hasta que, como en el caso de Lucas y Ane, las voces se confundan tanto que ya no importe quién perdonó a quién, solo que la historia se haya contado.
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