En Ascenso Inmortal, el segundo volumen de la trilogía Siete Inmortales, Sebastian Dumon se adentra en una distopía donde la promesa de la vida eterna deja de ser un mito para convertirse en un arma política, moneda de cambio y herramienta de dominación. Tras siglos de la existencia secreta de siete inmortales creados por un virus ancestral, la aparición de un octavo superviviente bajo la luz de la ciencia moderna desencadena una revolución biotecnológica que cambia el curso de la humanidad. Transformado contra su voluntad, Lucas Moretti se encuentra en el centro del Proyecto Renacimiento, una iniciativa que prometía salvar vidas, pero que terminó impulsando leyes abusivas, clínicas controvertidas e incluso Granjas de Sangre, donde las personas trabajan mientras son explotadas como recurso vital para la nueva élite global. Junto a médicos, hackers y supervivientes de la catástrofe social, Lucas se une a una resistencia que lucha contra gobiernos autoritarios y poderosos individuos Aumentados, mientras la sociedad intenta lidiar con los límites morales de una ciencia capaz de vencer la muerte, pero no la desigualdad.
La idea de la inmortalidad ha recorrido muchos caminos en la literatura, pero usted optó por abordarla desde una perspectiva científicamente viable. ¿Qué despertó su deseo de sacar a los inmortales de la fantasía y acercarlos tanto a la realidad?
Siempre me ha fascinado la delgada línea que separa lo que llamamos fantasía de lo que, de hecho, está un paso por delante de la ciencia. La inmortalidad, en mi universo, no es magia, es una consecuencia. Desde el momento en que comprendemos el código de la vida, como lo hacemos hoy con la genética y la biotecnología, la idea de vivir para siempre deja de ser un mito y se convierte en una posibilidad. El deseo de «hacer realidad la inmortalidad» nació de esta provocación: ¿y si estamos más cerca de ella de lo que imaginamos? Era una forma de sacar el concepto de lo sobrenatural y ponerlo sobre la mesa para su debate en nuestra época.
En el segundo libro, vemos la creación del proyecto Renascer, que nace con una intención ética, pero se distorsiona rápidamente. Este cambio recuerda mucho a los movimientos reales en ciencia y tecnología. ¿Qué acontecimientos mundiales actuales han influido más en esta crítica social?
El mundo está rodeado de buenas ideas que se corrompen con el tiempo. El Proyecto Renacimiento se inspira precisamente en esta paradoja. La historia reciente muestra cómo las buenas intenciones pueden ser secuestradas por agendas de poder. Vimos esto durante la pandemia de COVID-19, cuando temas como las alternativas de tratamiento, los riesgos y la eficacia de las vacunas, que deberían ser temas exclusivos de los círculos médicos y científicos, fueron rápidamente desplazados al centro del escenario ideológico.
La ingeniería genética, la inteligencia artificial y proyectos como AlphaFold de Google DeepMind, que predice las estructuras proteicas y señala curas para diversas enfermedades, revelan tanto el potencial transformador de la ciencia como el riesgo de su instrumentalización. La pregunta que impulsa esta crítica es simple: ¿hasta qué punto un descubrimiento sigue siendo humano antes de volverse político?
Lucas Moretti se transforma contra su voluntad y se convierte en una figura clave en disputas globales. Para usted, ¿representa más la vulnerabilidad humana o el poder que surge de lo inesperado?
Lucas representa la colisión entre ambas cosas. Es un símbolo de la vulnerabilidad humana ante lo incomprensible y, al mismo tiempo, de la fuerza que surge precisamente de esta impotencia. Todo lo que experimenta le es impuesto, pero es en el proceso de reaccionar, de comprender quién es, que se transforma en algo más grande. Lucas es un reflejo de nuestro tiempo: seres comunes que intentan reinventarse en medio de fuerzas mucho mayores que nosotros.
Las «Granjas de Sangre» son una de las imágenes más impactantes del libro. ¿Surgieron de alguna metáfora sobre el mercado laboral, las desigualdades sociales o la forma en que el mundo transforma a las personas en recursos?
Absolutamente. Las granjas de sangre son una metáfora directa de cómo el sistema contemporáneo extrae vitalidad, tiempo, energía y salud de las personas a cambio de sobrevivir. Son fábricas de vida y agotamiento a la vez. En el universo de los inmortales, la sangre es el combustible; en el nuestro, es el tiempo. La crítica es clara: vivimos en un modelo que transforma a los seres humanos en recursos desechables. Pero más allá de eso, es como meter el dedo en una herida abierta, donde las necesidades de unos se transforman en obligaciones de otros. Cuando, bajo el disfraz de la virtud, el silencio de los cómplices y el aplauso de los beneficiarios, se suprimen las libertades, se violan los derechos y se instaura la barbarie.

Ana, João y Mariana representan una resistencia muy diversa: ciencia, tecnología y experiencias traumáticas. ¿Cómo concibieron este trío? ¿Representan diferentes maneras de reaccionar ante la violencia del sistema?
Sí. La idea siempre ha sido demostrar que la resistencia no nace de la fuerza, sino de la diversidad. Ana es la razón y la fe en la ciencia; João es la acción, la expresión de la rebelión; y Mariana es la memoria, el recuerdo de todo lo perdido. Juntos, son un reflejo de cómo la humanidad aún intenta reconstruirse: equilibrando la lógica, la valentía y la empatía. No son héroes perfectos, son sobrevivientes que intentan dar sentido a la ruina.
A pesar de ser una distopía, gran parte de la trama suena aterradoramente plausible. ¿Alguna vez te preguntaste, mientras escribías, si estabas prediciendo el futuro o simplemente interpretando el presente desde una perspectiva más extrema?
Creo que escribo sobre el presente con una sinceridad que el futuro confirmará. La ciencia ficción tiene este poder: amplificar lo que ya está sucediendo. Cuando describo la vigilancia extrema, el aumento de la desigualdad o la manipulación genética a escala global, simplemente estoy llevando las tendencias existentes al límite. La distopía es simplemente un espejo sin filtros que refleja lo que ya hemos aceptado en exceso.
Su formación es en arquitectura. ¿Cómo influye esta formación en la creación de mundos, sociedades y estructuras políticas tan detalladas como las de la trilogía de los Siete Inmortales?
La arquitectura me ha enseñado que cada espacio conlleva una ideología. No existe una construcción neutral, ya sea una ciudad, una cúpula subterránea o un castillo medieval. Al diseñar los escenarios de la trilogía, desde la Cúpula de las Sombras hasta las zonas devastadas, los concibo como organismos vivos, con capas de poder, miedo e historia. La arquitectura me proporciona la perspectiva técnica del espacio y la perspectiva simbólica de lo que representa: quién domina, quién resiste, quién observa desde arriba y quién vive en las sombras.
El tercer libro, El Inmortal, está previsto para su lanzamiento en 2026. Sin spoilers, ¿cuál es la gran pregunta o tema que aún te gustaría explorar para concluir esta saga?
La pregunta que impulsa el último libro es sencilla, pero devastadora: «¿Qué queda de la humanidad cuando todo lo que la definía es superado?»
Tras explorar el origen y el coste de la inmortalidad, el final se centra en el alma, en el precio emocional, filosófico y existencial de cruzar límites que quizá no deberían cruzarse. Es una historia sobre la trascendencia, pero también sobre la pérdida. «El Inmortal» se centrará menos en el final de la historia y más en lo que aún vale la pena preservar cuando la humanidad misma se vuelve opcional.
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