En un escenario donde la supervivencia implica renunciar a la propia libertad, el escritor Igor Girão construye, en la novela Ouroboros, una distopía marcada por el control, la vigilancia y la exclusión. Ambientada en una sociedad tecnocrática surgida tras la destrucción de la superficie terrestre, la obra sigue a personajes que desafían un sistema que mide el valor humano por la utilidad y la perfección. En una entrevista, el autor reflexiona sobre temas como el capacitismo, la presión social y la deshumanización, proponiendo una narrativa que transforma las tensiones contemporáneas en una ficción intensa y provocadora.
Ouroboros parte de una idea muy inquietante: un sistema que promete la supervivencia pero exige la libertad como precio. ¿Qué ansiedades del presente dieron origen a esta distopía?
Ouroboros nace de un mundo que decidió seguir adelante, pero que, por alguna razón, no se llevó a los humanos consigo en el proceso.
La idea de sistemas que permitan a las personas sobrevivir a grandes catástrofes no es nueva. Ya sea en escenarios sociales, religiosos o incluso nucleares, esta noción de resiliencia extrema siempre ha existido. Pero en Ouroboros, lo que me inquietaba era otra cosa: la sensación de que todo esto ocurre dentro de una sociedad que, si bien evoluciona, también se ha encerrado en una tecnocracia y un núcleo de certezas absolutas.
Las actitudes que sustentan este sistema —y que también sirven como punto de partida de la narrativa— surgen precisamente del abismo que existe entre las personas. Cuando dejamos de centrarnos en lo que nos hace humanos, este abismo se agranda.
En el libro, la presión del océano funciona como una metáfora constante: es el abismo, el peso y la fuerza que nos comprime por todos lados. Crea una estructura de confinamiento casi ineludible. Hoy veo que muchas personas están atrapadas en sus propias certezas absolutas. Y, en este proceso, terminan alejándose de las dudas, que son precisamente las que permiten el crecimiento, la conexión y la transformación.
En última instancia, esta distopía surge de esta inquietud: de la pérdida de la capacidad de reconocer al otro como alguien complejo, cambiante y en constante construcción.
Sony es un personaje de inmensa fortaleza, pero también marcado por la violencia del capacitismo. ¿Qué te llevó a crear un protagonista que desafía tan directamente la lógica de la utilidad impuesta por esta sociedad?
Sony es increíble. Podría responder a esa pregunta solo con eso, pero entonces sería un completo idiota (risas). Lo importante es que es una persona fantástica. En un mundo ideal, en una sociedad verdaderamente madura, ni siquiera tendría que recalcar que es ciega, muy habilidosa, posiblemente autista, antisocial y hacker. Todo eso, dentro de lo plausible, la convierte en alguien capaz de interpretar situaciones, tratar con la gente y comprender qué es apropiado, qué no lo es y qué es necesario en cada contexto.
Al hablar así, podría parecer que es una superheroína, y que estoy cayendo en la trampa del capacitismo, colocándola como alguien «superior» o «inferior» a ella. Pero no es así. Sony está llena de contradicciones. Es extremadamente insegura, tiene momentos de ensoñación, puede ser arrogante… y habla muy poco (ríe). Cuando digo que es increíble, no es porque sea perfecta, sino porque es profundamente humana, tridimensional, con facetas que todos tenemos, pero que no siempre mostramos.
Y ahí radica el conflicto con el sistema. El Ouroboros no sabe cómo lidiar ni con la perfección ni con la diversidad, incluso cuando esta última conlleva su propia forma de perfección. Como dice el refrán: «el sistema ordenado es inmutable; solo el caos genera crecimiento».
Sony incluso tuvo que demostrar su utilidad dentro de esa lógica. Pero su naturaleza es subversiva. Consciente o inconscientemente, se convierte en una espina clavada en el costado del sistema. Es casi como si dijera: «Si me van a medir por mi utilidad, entonces también tendrán que aceptar mi derecho a ser inútil».

Bento carga con el peso de haber sido diseñado para representar la perfección. ¿Qué fue lo que más te interesó al explorar este personaje: el privilegio que simboliza o la falta de autonomía que subyace en él?
Hay una frase de Bento que, para mí, es fundamental. En un momento dado, le dice a Sony: «Me robaron la oportunidad de aprender de mis propios errores». Y eso es devastador. Porque, si lo piensas bien, él lo tenía todo: un hogar privilegiado, un físico perfecto, una inteligencia superior a la media. En teoría, no tendría motivos para ser infeliz. Pero ahí es precisamente donde todo se desmorona.
Bento no fue tratado como una persona, sino como un trofeo, un héroe y, al mismo tiempo, un chivo expiatorio. Fue el primer experimento exitoso de un programa científico dirigido por su propio padre. Y, debido a su éxito, se depositaron en él expectativas casi inhumanas. Se esperaban de él actos heroicos, soluciones imposibles y distracciones superficiales. Se convirtió en el blanco de los sufrimientos de toda una sociedad, alguien que debía resolver problemas que ni siquiera deberían existir. Y lo más cruel: en el momento en que fracasaba —o incluso cuando no lo hacía— llegaban las críticas, la envidia y los intentos de justificarlo o menospreciarlo.
Lo que más me interesó de Bento fue precisamente esto: mostrar que incluso el llamado «hombre privilegiado» puede quedar atrapado en una estructura que lo deshumaniza. Y no se trata de comparar sufrimientos ni de dar mayor importancia a unos que a otros, sino de recordar que hay personas que no merecen sufrir y, sin embargo, lo hacen, del mismo modo que hay personas que merecen afrontar las consecuencias y no lo hacen. Si nos aferramos demasiado a certezas absolutas sobre quién es culpable o quién debe ser considerado responsable, corremos el riesgo de perder de vista la complejidad de la realidad.
La evolución de Bento lo lleva a un punto en el que adquiere mayor autoconciencia y, sobre todo, se da cuenta de que quizás forma parte del problema en lugar de la solución. Y eso también duele. Porque, en el fondo, su mera existencia plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas personas tuvieron que ser sacrificadas para que alguien como él pudiera existir? Es la misma lógica que subyace a una vieja provocación: ¿cuántas personas miserables tienen que existir para que existan multimillonarios?
Alex Petrov emerge como alguien que comienza a perturbar el orden establecido. En su opinión, ¿qué suele desencadenar este tipo de perturbación: una gran conmoción o la acumulación silenciosa de malestar?
Alex es uno de los personajes más disruptivos de la historia. Comienza siendo alguien integrado al sistema —un ciudadano anónimo, casi apático— hasta el momento en que nace su hija, Yandra. Ese es el punto de inflexión.
A partir de ese momento, imagino que un torbellino de pensamientos le invadió la cabeza. Era escritor, casado con una científica brillante, lo que significaba que se encontraba inmerso en una tecnocracia tanto en su esencia como en su estructura. Y ahí reside una tensión interesante: como escritor, habita el reino de lo sensible, lo simbólico, la ficción, casi en oposición a las ciencias exactas, a la lógica técnica. Es ese viejo conflicto entre lo humano y el cálculo, entre lo estético y lo funcional (ríe).
Pero más allá de eso, lo que realmente importa es que Alex empieza a ver el mundo de otra manera. Deja de escribir como vía de escape y comienza a afrontar la realidad. La pregunta cambia. Ya no es «¿qué puedo imaginar?», sino «¿en qué clase de mundo nacerá mi hija? Y aún más cruel: ¿cómo demostrará su valía cuando yo ya no esté?». Este tipo de pensamiento es corrosivo.
En algún momento, logra liberarse. Se une a los Exiliados y comienza a luchar contra el sistema. Pero esta decisión tiene un precio: el riesgo para su vida aumenta, y su preocupación por su hija crece brutalmente.
El Ouroboros es un sistema extremadamente vigilante que opera con una lógica de persecución e incluso prácticas de limpieza social. Si bien es ficticio, no lo es del todo. Porque ya hemos visto esto antes: intelectuales perseguidos en Sudamérica (Chile, Argentina, Bolivia y Brasil). También lo hemos visto en otros contextos, como en el Congo, Irlanda y Alemania. Estos patrones no son una coincidencia.
En definitiva, el colapso de Alex no se debe a un único shock aislado, sino a la acumulación de situaciones: malestar, percepción y responsabilidad. Sin embargo, sí existe un detonante emocional muy fuerte: el nacimiento de su hija.
Si el sistema del Ouroboros existe, no puedo ignorar estos paralelismos históricos. Nombrar estos errores podría ser una forma de distanciarnos de ellos, o al menos de evitar repetirlos tan fácilmente. Yo lo creo. Y, en cierto modo, Alex también lo creía. Ojalá las similitudes entre él y yo terminen aquí (ríe).

Aunque la novela se desarrolla en un escenario extremo, parece abordar sentimientos muy familiares, como la vigilancia, la presión y la insuficiencia. ¿Hasta qué punto la ciencia ficción te ha permitido expresar, de forma más radical, cosas que ya ocurren en la vida cotidiana?
Soy una persona con discapacidades múltiples: tengo discapacidad visual, discapacidad motora y uso silla de ruedas. Por eso, la pregunta que siempre me viene a la mente es simple —y a la vez brutal—: ¿vivo en el mismo mundo que tú o no?
Porque el mundo que experimento es desigual, asimétrico. Es un mundo que nos mide constantemente, por nuestro potencial, pero sobre todo por nuestras limitaciones. Por lo que no podemos ser, por lo que no podemos decir, por lo que no podemos comprar, por los lugares a los que no podemos ir, donde no podemos estar.
Y cuando todo esto se materializa en la sociedad, surge una gran paradoja. Es una sociedad oscura, pero con un sol que lucha por asomar. Una sociedad cruel, pero donde la gente sonríe. Una sociedad profundamente individualista, pero donde aún existen ciudades, barrios, grupos e intentos de convivencia.
Este contraste se convierte en combustible. Alimenta esta constante inquietud entre lo que necesitamos ser y lo que los demás esperan de nosotros. Y, en el espacio entre el ser y el poder ser, emerge otra capa: lo que es verdaderamente importante para nosotros, y aquello a lo que nos aferramos simplemente para evitar perder a quienes nos rodean.
Y entonces surgen otras preguntas, cada una más profunda que la anterior. Si este mundo es tan paradójico, ¿por qué insistimos en rodearnos de gente cruel? Y más aún: si todos estamos inmersos en esta lógica, ¿hasta qué punto la reproducimos? Son preguntas dentro de otras preguntas, engranajes dentro de engranajes.
Para mí, la ciencia ficción no crea este escenario, sino que lo radicaliza, lo amplifica y hace imposible ignorar lo que ya está sucediendo. Toma la vida cotidiana y la lleva al límite.
Y aun así, no creo que estemos viviendo en un infierno absoluto. Porque todavía hay conciencia. Hay incomodidad. Hay capacidad de reflexionar —las 24 horas del día— e intentar hacer las cosas de otra manera. Quizás no sea suficiente. Pero aun así… es algo.
Creo que hice tantas preguntas que terminé entrevistándome a mí misma (risas). Pero, al final, eso es todo. Y, para ser honesta, estoy disfrutando mucho de todo esto.
El libro critica una lógica que confunde el rendimiento con el valor humano. ¿Crees que este es quizás uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo?
Sí, creo que este es uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo, y aborda directamente algo que a menudo se malinterpreta: el capacitismo. El capacitismo no es algo «natural», no es inevitable, ni surgió de la nada. Es una construcción social, y más aún, es una elección que se ha tomado y reforzado con el tiempo. Y es importante decirlo: nosotros, las personas con discapacidad, no tomamos esta decisión.
Pero no se trata simplemente de una cuestión de «nosotros contra ellos». Es un asunto mucho más complejo. Porque esta lógica de valor basada en la utilidad impregna a todos. Moldea la forma en que la sociedad ve, juzga y organiza a las personas, incluidas aquellas que, en algún momento, también serán descartadas por no rendir lo suficiente.
El problema es que la idea de «ser útil» se ha convertido en un criterio peligroso. Define quién encaja, quién pertenece, quién merece un lugar y quién necesita justificar constantemente su propia existencia. Pero ser humano no se reduce a eso.
Adaptarse no siempre es la solución. A menudo, es todo lo contrario. Porque cuando aceptamos sin cuestionar un sistema que valora de esta manera, también aceptamos que todo lo que se desvía de la norma puede —y quizás debería— dejarse de lado. Y ahí reside el peligro.
Ouroboros explora precisamente esta cuestión: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a adaptarnos para ser aceptados? Y, lo que es más importante, ¿qué perdemos de nuestra humanidad en este proceso?
En definitiva, el debate no se limita a la discapacidad. Se trata de dignidad, diversidad y del coraje para existir más allá de las expectativas ajenas.
El símbolo del ouroboros representa la idea de un sistema que se retroalimenta para seguir existiendo. ¿En qué momento te diste cuenta de que esta imagen era la metáfora ideal para la novela?
La elección del símbolo del ouroboros no fue inmediata; se fue revelando a medida que el mundo de Ouroboros tomaba forma. En cierto momento, quedó claro que el sistema que estaba construyendo no solo era opresivo, sino que se autosostenía. Un sistema que se alimenta de sus propios defectos, sus propias víctimas y sus propias contradicciones para seguir existiendo.
Y ese es el ouroboros. Un ciclo que no se rompe fácilmente, porque todo en él se reutiliza: el dolor se convierte en control, el control en orden, el orden en justificación, y el proceso vuelve a empezar.
Cuando comprendí que la sociedad descrita en el libro funcionaba de esta manera, la metáfora se impuso prácticamente por sí sola. Porque no se trata solo de un régimen que oprime desde fuera, sino que también se alimenta desde dentro: por quienes lo mantienen, por las creencias que lo sustentan, por las certezas absolutas que impiden cualquier ruptura real. Y esto conecta directamente con todo lo que ya hemos comentado: la discriminación contra las personas con discapacidad, la lógica de la utilidad, la tecnocracia, la pérdida de la humanidad en nombre de la eficiencia.
El sistema no necesita ser perfecto; solo necesita seguir funcionando. Y para ello, aprende a reciclarse. El ouroboros, entonces, no es solo un símbolo estético o filosófico. Es estructural. Explica por qué es tan difícil liberarse. Porque, en última instancia, no se trata solo de enfrentarse a algo externo. Se trata de interrumpir un ciclo que, de alguna manera, también nos atraviesa.
Al entrelazar las trayectorias de Sony, Bento y Alex, construyes diferentes maneras de afrontar el mismo sistema. ¿Qué querías mostrar sobre la resiliencia humana a través de estas tres experiencias tan distintas?
Creo que ya he hablado bastante sobre estos tres puntos de vista, pero lo que me interesaba era precisamente ponerlos en tensión.
Bento representa al «hombre perfecto» que empieza a percibirse a sí mismo como un ser pensante y, más aún, como el producto de un proceso que, en esencia, también es un problema. Es humano, pero fue moldeado para no serlo.
Sony, por otro lado, se enfrenta a un desafío completamente diferente: demostrar su funcionalidad en un mundo que no fue diseñado para ello. Debe lidiar con el juicio, la presión y las expectativas, al tiempo que gestiona sus propias fortalezas y limitaciones.
Alex Petrov, por otro lado, es el disruptor. Alguien que sacrifica la sensibilidad por la acción, por la revolución. En un sistema matemático, simétrico y opresivo, el simple acto de romper la lógica determinista —de pensar de forma diferente— es, en sí mismo, un acto de resistencia.
Y ahí radica el contraste. Bento es un producto del sistema. Sony es una anomalía del sistema. Y Alex es un destornillador arrojado a los engranajes.
Hay tres formas de existir, tres formas de resistir, tres formas de luchar. Porque una revolución no nace de una sola línea de pensamiento. Necesita múltiples perspectivas, diferentes niveles de conciencia, distintos grados de compromiso, hasta alcanzar ese punto de no retorno.
Y eso es precisamente lo que alimenta al sistema. La serpiente que se devora a sí misma. Porque a veces, cuando creemos que nos estamos liberando… ya estamos siendo digeridos.

